Cuba, Venezuela y México comparten una palabra que pesa más que cualquier programa de gobierno: revolución. Cada una de esas repúblicas, en su tiempo y contexto, prometió justicia social, soberanía, dignidad para los excluidos y un quiebre con las élites que habían capturado al Estado. Los discursos fueron distintos; la épica, muy similar.
En Cuba, Fidel Castro llegó al poder por la vía armada con una promesa clara: democracia, fin de la corrupción y justicia social. En Venezuela, Hugo Chávez lo hizo mediante las urnas, invocando a Bolívar y prometiendo una democracia participativa que devolviera el petróleo al pueblo. En México, Andrés Manuel López Obrador habló de una —“cuarta”— transformación moral, pacífica, que erradicaría la corrupción y pondría “primero a los pobres”.
Los tres proyectos nacieron con banderas legítimas, pero ninguno surgió de la nada. Todos respondieron a sistemas agotados, desiguales y corruptos. Y, sin embargo, sus trayectorias se separaron cuando llegó el momento decisivo: el ejercicio del poder.
Cuba optó por el partido único y la cancelación de libertades en nombre de la revolución permanente. Venezuela concentró el poder, debilitó instituciones y convirtió la renta petrolera en herramienta de control político, hasta provocar el colapso. México, sin romper el orden constitucional, tensionó los contrapesos, centralizó decisiones y apostó por un liderazgo personal que sustituyó a las instituciones.
Aquí está el punto incómodo: la revolución no fracasa cuando promete cambiarlo todo; fracasa cuando quienes la encabezan confunden la causa con su persona. Cuando el ideal se vuelve pretexto. Cuando la crítica es traición. Cuando el poder deja de ser un medio y se convierte en un fin.
No fue la justicia social la que falló. No fue la soberanía. No fue la idea de que el Estado debía servir a los más pobres. Fallaron quienes, en nombre de esos ideales, normalizaron la concentración del poder, toleraron la corrupción propia, cancelaron la autocrítica y sustituyeron la transformación por la lealtad.
Las revoluciones no se traicionan el día que llegan al poder, se traicionan cuando dejan de aceptar límites. Y entonces ya no gobiernan revolucionarios, sino administradores del discurso: falsos revolucionarios que usan la épica para justificar sus errores y el pasado para eludir el presente.
La historia es clara: no es la revolución la que falla: son quienes, al llegar arriba, olvidan para quién decían luchar.

