Ustedes, políticos, no se preocupen por los ciudadanos. Ni que su responsabilidad fuera más grande que su hambre de poder. Sigan peleando por lo que verdaderamente les importa, el dinero y los privilegios, ahora a través de una reforma electoral que en realidad nadie pidió.

Difícilmente los ciudadanos podemos recordar el nombre de nuestro diputado —correspondiente al distrito electoral en el que residimos—, y no porque no nos interese nuestro país, sino porque no nos interesa su forma de hacer política; una política de cuarta que, lejos de inspirar, nos hace dudar del voto tan valioso que les dimos.

No puedo negar que durante el estira y afloja en torno a esta nueva iniciativa de la presidenta Claudia Sheinbaum, el Partido del Trabajo y el Partido Verde nos dieron aquello que no se veía desde hace un buen tiempo: emoción, melodrama, incongruencia, traición, debate… ¡y hasta oposición dentro del oficialismo! Por momentos pusieron a Morena contra las cuerdas, sabiendo que sin sus votos la reforma simplemente no prospera. Sin embargo, su motivación verdadera no es la democracia, lo es el arrabalero pleito por permanecer donde están. Contadas excepciones hay, pero no han logrado hacer la diferencia.

Los argumentos de los partidos aliados —que históricamente han acompañado al ganador, sin importar ideología ni colores— pueden o no ser válidos. Dicen no querer que se recorte el financiamiento público ni que se modifique el método de elección de los legisladores plurinominales. Y la razón es evidente: al no estar anclados a la marca dominante de Morena —como en su momento fueron el PRI o el PAN—, cualquier cambio que los mueva un centímetro de su sitio los acerca peligrosamente a la irrelevancia… o a la extinción.

La presión interna escaló. El ala más dura del oficialismo, encabezada por el presidente de la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, Pablo Gómez, asumió la tarea de redactar el borrador y defender su esencia. Pero la Presidenta tuvo que revisar una y otra vez el documento, acompañada del gran sobreviviente de la política mexicana: Ricardo Monreal, experto en leer correlaciones de fuerza y administrar egos legislativos. ¿Cuándo rendirá cuentas Pablo Gómez? ¿o cuándo lo veremos en una embajada?

En los próximos días veremos si los petistas y verdeecologistas doblan las manos o si la presidenta suaviza la propuesta para no poner en riesgo los votos que necesita. De no lograrlo, veremos también si asume el costo de exhibirlos como responsables de frenar una reforma presentada como “democratizadora”, y colocarlos, discursivamente, del lado de los privilegios. Ojalá no todo fueran cálculos políticos.

Lo paradójico es que, por primera vez en mucho tiempo, la oposición efectiva no vino del PAN, el PRI o Movimiento Ciudadano. De hecho, sus críticas no solo hicieron poco ruido, sino que incluso suscribieron algunos puntos de la iniciativa presidencial. La resistencia real surgió desde dentro del propio bloque gobernante. Y ahí está el dato político más relevante: cuando el poder se concentra tanto, la verdadera disputa ya no es entre rivales, sino entre aliados que saben que su supervivencia depende de la negociación.

Sabemos que en política no hay lealtades eternas, hay intereses, y en esta reforma electoral lo que está en juego no es sólo el diseño institucional, sino la aritmética del poder para los próximos años.

La democracia la construimos los ciudadanos, porque al final no se trata solo de qué partido o cuál líder cede, sino de quién paga el costo. Y en política, casi siempre somos nosotros los ciudadanos.

Y que no se nos olvide…

De los 35 millones 924 mil 519 votos que llevaron a Claudia Sheinbaum a la Presidencia, Morena aportó el 76 por ciento; el Verde solo contribuyó con un 13 por ciento; y el PT con 11 por ciento.

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