La verdad no está en crisis, está siendo desplazada por conveniencia. El problema no es su ausencia, sino nuestra disposición a tolerar su distorsión.
La verdad está infravalorada; no porque haya dejado de ser importante, sino porque ha dejado de ser cómoda. En una época saturada de información, la verdad compite —y muchas veces pierde— frente a algo más poderoso: lo que queremos creer.
Hoy no gana quien dice la verdad, sino quien construye la narrativa más eficaz. La que conecta con emociones, la que confirma prejuicios, la que ofrece respuestas simples a problemas complejos. Y, en ese terreno, la realidad estorba. Se vuelve incómoda, disruptiva, incluso peligrosa para quienes han encontrado en la mentira una forma de cohesión.
La pregunta es brutal en su sencillez: ¿a quién le sirve la verdad? A corto plazo, a casi nadie. La verdad incomoda al poder, exhibe contradicciones, obliga a rendir cuentas, pero también incomoda a la sociedad; porque rompe certezas, cuestiona identidades y exige asumir responsabilidades. Por eso es más fácil ignorarla, maquillarla o, en el peor de los casos, sepultarla bajo capas de propaganda, censura o simple desinterés.
No es un fenómeno nuevo. La historia está llena de ejemplos donde la mentira se convirtió en política de Estado. Hitler construyó uno de los regímenes más devastadores del siglo XX sobre una maquinaria de propaganda que convirtió falsedades en verdades incuestionables para millones. Durante un tiempo funcionó. Dio sentido, identidad, incluso esperanza. Pero el costo fue devastador: guerra, exterminio, destrucción.
Hoy no hacen falta regímenes totalitarios para distorsionar la verdad. Basta con algoritmos que refuercen nuestras creencias, líderes que apelen a emociones antes que a hechos, y ciudadanos dispuestos a aceptar versiones parciales de la realidad si estas les resultan convenientes. La mentira moderna no siempre se impone por la fuerza; muchas veces se instala por consenso.
Y ahí radica el verdadero riesgo: cuando la sociedad deja de exigir verdad y comienza a conformarse con relatos.
La verdad tiene también un problema estructural: no siempre es inmediata, no siempre es clara y casi nunca es reconfortante. La mentira, en cambio, es ágil, seductora y aparentemente útil. Sirve para ganar elecciones, para justificar decisiones, y más recientemente en nuestro país, para evadir responsabilidades. Sirve, sobre todo, para evitar el costo político y social de decir lo que pocos quieren escuchar.
Pero la verdad no desaparece. Permanece.
Se acumula en errores de política pública, en decisiones mal tomadas y mal informadas, en instituciones debilitadas, en sociedades polarizadas. Se acumula hasta que explota —algunas veces literalmente—, y cuando lo hace, el costo ya no es teórico: es tangible, medible, muchas veces irreversible.
La pregunta vuelve, más incómoda que nunca: ¿cuánto estamos dispuestos a pagar?
Porque ignorar la verdad puede ser rentable en el corto plazo, pero es insostenible en el largo. Tarde o temprano, la realidad se impone. Y cuando lo hace, no negocia.
La verdad no está en crisis, está siendo desplazada por conveniencia. El problema no es su ausencia, sino nuestra disposición a tolerar su distorsión.
Porque en el fondo, la verdad sí importa.
Lo que hemos decidido es otra cosa: preferimos —por ahora— no escucharla. Y ese “por ahora” es, siempre, lo más caro.
@azucenau
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