México es ya un país predominantemente urbano. Más del 80% de la población vive en ciudades, y sin embargo, nuestras políticas públicas siguen fragmentadas, reactivas y, en muchos casos, desarticuladas del territorio real. El crecimiento urbano de las últimas décadas ha estado marcado por expansión periférica descontrolada, vivienda mal localizada, segregación socioespacial, deterioro ambiental y profundas desigualdades en el acceso a servicios básicos, movilidad y oportunidades económicas.

Las ciudades concentran la riqueza, pero también concentran la pobreza. Son motores económicos, pero también escenarios de informalidad, violencia y precariedad habitacional. El modelo urbano heredado del siglo XX —sectorial, fragmentado, dependiente del automóvil, permisivo con la especulación del suelo— ha demostrado sus límites. A ello se suma la crisis climática, la escasez hídrica, la pérdida de biodiversidad y la creciente vulnerabilidad frente a riesgos naturales y sociales.

La situación actual exige algo más que ajustes técnicos. Exige un replanteamiento estructural. Desde el Congreso Internacional de Urbanismo Participativo, la Asociación Mexicana de Urbanistas ha impulsado una Declaración de Políticas para el Futuro Urbano de México 2050, una plataforma que parte de un diagnóstico crítico y propone un nuevo pacto social y territorial para el país.

El primer punto de partida es reconocer que la ciudad, el territorio rural y los sistemas ambientales son bienes comunes. No pueden seguir gestionándose bajo lógicas exclusivamente mercantiles o de corto plazo. El nuevo pacto urbano plantea que la planeación deje de concebirse como un trámite administrativo para asumirse como herramienta estratégica de justicia social. Planear significa redistribuir oportunidades, corregir desigualdades históricas y garantizar derechos.

En ese sentido, el Derecho a la Ciudad se coloca como eje central de la política urbana nacional. No como consigna, sino como principio operativo: acceso equitativo al suelo, vivienda adecuada, movilidad digna, espacio público de calidad, servicios urbanos suficientes y oportunidades culturales y económicas. El territorio debe ordenarse con criterios de justicia espacial, priorizando a las poblaciones históricamente excluidas y reduciendo la segregación que ha dividido nuestras metrópolis en zonas de privilegio y zonas de abandono.

La función social y ambiental del suelo debe prevalecer sobre su valor especulativo. Esto implica fortalecer instrumentos de captura de plusvalías, regular el mercado inmobiliario y redistribuir los beneficios que genera la urbanización. La ciudad no puede seguir siendo un negocio para unos cuantos mientras se socializan los costos ambientales y sociales.

Frente a la crisis climática, la Declaración plantea que el desarrollo urbano al 2050 debe subordinarse a los límites ecológicos del territorio. La transición ecológica de las ciudades no es opcional: requiere infraestructura verde y azul, restauración de ecosistemas, gestión integral del agua, mitigación y adaptación climática, y descarbonización del metabolismo urbano. Las ciudades mexicanas deberán transformarse en sistemas resilientes, capaces de anticipar y resistir riesgos naturales, sanitarios, económicos y sociales, integrando la gestión del riesgo como componente estructural del ordenamiento territorial.

La movilidad, por su parte, debe entenderse como un derecho habilitante. No se trata de resolver el tráfico, sino de garantizar accesibilidad universal. La pirámide de la movilidad debe convertirse en criterio obligatorio de política pública, priorizando peatones, ciclistas y transporte público sobre el vehículo privado. El diseño urbano deberá incorporar de manera transversal la perspectiva de género, los cuidados, la infancia, las personas mayores y las personas con discapacidad.

En materia de vivienda y modelo urbano, la apuesta es clara: ciudades compactas, policéntricas y de proximidad. La expansión horizontal indiscriminada ha encarecido la infraestructura y fragmentado el tejido social. El horizonte 2050 exige barrios completos, de 15 minutos, con mezcla de usos, servicios cercanos y vida comunitaria activa. La vivienda debe asumirse como derecho social y bien estratégico, no como simple activo financiero.

Ninguna transformación estructural será posible sin un nuevo modelo de gobernanza. La planeación debe ejercerse bajo esquemas multinivel que articulen federación, estados y municipios con comunidades, academia y sector productivo. La participación ciudadana debe ser vinculante, apoyada por observatorios urbanos, consejos territoriales y sistemas de evaluación con datos abiertos. La transparencia y la rendición de cuentas son condiciones mínimas para reconstruir la confianza pública.

Las ciudades del 2050 deberán ser también motores de una economía urbana inclusiva, circular y basada en el conocimiento. Innovación, digitalización ética, economías locales y distritos de innovación pueden convertirse en instrumentos de desarrollo territorial equilibrado, siempre que estén orientados al empleo digno y a la sostenibilidad ambiental.

Finalmente, la Asociación Mexicana de Urbanistas asume el compromiso de promover una planeación de largo plazo, blindada frente al cortoplacismo político. El urbanismo no puede depender de ciclos electorales. Requiere visión al 2050 y más allá, sustentada en ética profesional, evidencia técnica y defensa del interés público.

La Declaración no es un documento cerrado. Es una convocatoria. Convoca a gobiernos, universidades, organizaciones sociales y sector privado a construir colectivamente un nuevo horizonte urbano. México no puede seguir improvisando su desarrollo territorial. Las decisiones que se tomen en esta década marcarán el rumbo de nuestras ciudades durante generaciones.

El futuro urbano de México no está escrito. Puede profundizar desigualdades o convertirse en plataforma de justicia, resiliencia y prosperidad compartida. El 2050 no es una fecha lejana: es el horizonte hacia el cual debemos comenzar a planear hoy, con valentía y responsabilidad histórica.

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