Por Renata Terrazas

Hoy México conmemora la expropiación petrolera. En el discurso oficial repetimos con orgullo que el petróleo es nuestro. Pero esa afirmación debe tomarse con reservas, porque, aunque el petróleo sea de las y los mexicanos, las empresas privadas representan una parte cada vez mayor de esta actividad, concentrando la riqueza en pocas manos. Una realidad muy alejada de lo que Lázaro Cárdenas previó en 1938.

La intención de Cárdenas fue que la riqueza del subsuelo mexicano beneficiara al pueblo y no a los capitales extranjeros que expulsó. Con esa promesa nació Petróleos Mexicanos (Pemex), que fue crucial para la economía del país en el siglo XX. Pero el declive de Cantarell, el yacimiento que llegó a suministrar 60 % del petróleo nacional y que desde 2004 va en caída, marcó el inicio del fin de esa promesa. Hoy Pemex acumula deuda, drena recursos y no aporta al ingreso del país.

La reforma energética de Enrique Peña Nieto quiso revertir ese declive apostando por las aguas profundas y las empresas extranjeras ante la imposibilidad de Pemex para operar en esas condiciones. Se abrieron las puertas al mejor postor, traicionando los principios de la expropiación cardenista. López Obrador cerró las rondas de subastación, pero apostó por una paraestatal cargada de deuda y pensiones insostenibles. Claudia Sheinbaum ha mantenido las rondas cerradas, porque de lo contario se traicionaría abiertamente la tan defendida soberanía energética.

Pero los gobiernos federales han fallado en comprender la importancia del Golfo de México más allá del petróleo. Los pozos cada vez más secos y los crecientes costos sociales y ambientales que asumen las personas más pobres deberían ser motivo suficiente para pensar en otros futuros posibles para el país.

La actividad petrolera, que alguna vez tuvo una importante derrama económica, hoy acentúa las desigualdades en la zona. Basta observar que la misma semana en que un derrame contaminó las costas de Veracruz y Tabasco, afectando la pesca y el turismo y exponiendo la salud de las comunidades costeras, un empresario petrolero despilfarraba millones en una fiesta familiar. Esta desigualdad no debería caber en un gobierno que clama que primero están los pobres y entiende de afectaciones ambientales.

Necesitamos modelos que aporten riqueza real a la región y reviertan décadas de contaminación y dependencia del petróleo. En un contexto de crisis climática, los ecosistemas marinos del Golfo han demostrado ser el verdadero tesoro de México. No el petróleo.

Hoy, la presidenta Sheinbaum tiene la oportunidad que sus antecesores desaprovecharon: no con discursos sobre una abundancia petrolera que ya no existe, sino con acciones concretas que pongan al centro la salud de las comunidades costeras y la protección del mar.

Celebrar la expropiación sin cuestionar lo que hemos hecho con ella, sin reconocer los costos ambientales y sociales que han pagado las comunidades costeras y las desigualdades que genera la actividad petrolera, no es un homenaje a la visión de Cárdenas; es una traición disfrazada de fiesta.

Directora Ejecutiva de Oceana, organización dedicada a la protección de los océanos.

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