Por Marian García Tapia
En la década de los 70 del siglo pasado, el mundo estaba considerando nuevas formas de relacionarse, tanto económica como social y políticamente, frente a la amenaza comunista. Estados Unidos necesitaba demostrar que el modelo capitalista era la respuesta para implementarse en todo el mundo, no solo para el mundo occidental, el país elegido para cumplir con el papel de propagar el “In God we trust” en el mundo oriental fue Japón.
En los 80, las empresas japonesas tuvieron un auge nunca antes visto, las políticas económicas implementadas en un país de la posguerra permitieron la apertura de los mercados, la llegada de transnacionales, el aumento en la infraestructura, el avance tecnológico, Toyota, Sony, Nissan y Mitsubishi llamaron la atención del mundo entero, los bancos japoneses encabezaban las listas de los más ricos en el mundo y todo este despliegue económico situó a Japón como un productor de mercancías “para el futuro” representando la buena calidad e innovación, marcando así una nueva era llena de luces neón, rascacielos, extravagancia y sake.
En cuestiones culturales, Japón era un centro turístico que ofrecía una gran vida nocturna que a su vez, por las mañanas, veneraba los templos milenarios que resaltan su pasado samurai. El anime fue una de las exportaciones culturales que nos regaló Japón, películas como Akira (1985), reflejaban que el anime es un arte serio para adultos que tocaba temas profundos relacionados con el cyberpunk, la distopía y el desarrollo tecnológico cotidiano. Las y los jóvenes crearon sus propias estéticas, destinadas principalmente al consumo y el maximalismo, reflejando en sus vestimentas la riqueza, sofisticación (City pop) y el glam que el auge económico japonés les permitía.
Aunque Estados Unidos apoyó el desarrollo nipón, cuando comenzó a ser una gran potencia industrial y comercial se asustó mucho y se propuso a hacer algo para que no fueran derrotados por el monstruo económico que significaba Japón en 1985, propusieron un acuerdo, firmado en el New York Plaza por el G5 (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania y Japón), donde Japón aceptó aumentar el valor del Yen imponiendo una desventaja a sus propios exportadores, reduciendo el superávit comercial para mantener a la economía mundial sin problemas.
En 1987, el yen había aumentado su valor más de lo esperado y el gobierno japonés había bajado las tasas de interés para el crédito, lo que hizo que la población se endeudara muchísimo, además que los precios de los terrenos se inflaron hasta un 245% en el mercado de valores, las empresas no se conformaron con tener terrenos sino que le entraron al mercado de la especulación. Además, la burbuja creció porque el Banco de Japón comenzó a imprimir dinero de manera descuidada, copiando el modelo que había implementado Estados Unidos en los años cincuenta, la diferencia era que el dólar estaba respaldado en oro y el yen, no.
El sueño se había acabado en 1990, los banqueros no tenían esperanza y la industria tuvo un déficit impresionante, el mercado de valores tuvo una caída del 80% de la cual, hasta nuestra fecha, no se ha recuperado. Entre 1990 y 2003, 5 millones de japoneses se quedaron sin empleo, 212,000 empresas se fueron a bancarrota y el suicidio de hombres entre 24 y 44 años fue la principal causa de muerte en este periodo.
Las visiones sobre el futuro se vieron coartadas, la población en general dejó de pensar en la opulencia y las tasas de natalidad bajaron representativamente, las y los jóvenes que empezaban su vida laboral no encontraron los trabajos soñados que sus padres tuvieron y hubo una depresión generalizada que ningún anime pudo sostener. Nació un fenómeno llamado hikikomori, jóvenes que prefirieron no salir de casa, un aislamiento social que les daba la oportunidad de no enfrentarse a un mundo del cual no querían participar. El incremento de los casinos y los juegos conocidos como gacha o gachapon tuvieron un despliegue impresionante durante la época de los 90, ante la incertidumbre económica, apostar por el coleccionismo o por ganar dinero real, fue una de las esperanzas que mantenía (y mantiene) al pueblo japonés a flote.
El Sistema Educativo japonés también sufrió el auge y caída de la economía, en relación con la seguridad que les daba el alza económica, el gobierno japonés planteó una reforma que hiciera más laxo el modelo de enseñanza-aprendizaje.
La generación perdida, como son conocidas las personas nacidas y que vivieron su infancia y juventud entre 1987 y 2003, fueron a una escuela distinta a la que el mundo conoce. Aunque para el mundo occidental, Japón ha tenido el sistema educativo más rígido de los conocidos, esta reforma, llamada el Sistema Yutori, prioriza el trabajo en equipo, la identidad individual y colectiva de las y los estudiantes, además de la difusión de valores como el respeto, la equidad y el apoyo mutuo. En la generación Yutori, lo principal fue la reducción del estrés en las y los estudiantes; en vez de llenar sus horarios con distintas materias, construyeron módulos donde aprendían desde la interdisciplina, no tenían que memorizar conceptos de la biología, química o física, sino ver las asignaturas como un conjunto llamado “ciencias naturales”, se aprendía desde la experiencia, el tiempo libre (no ir a la escuela los sábados, por ejemplo) y la poca atención a las calificaciones. Los resultados de esta reforma fueron variados, la generación Yutori era más relajada y preocupada por los derechos colectivos, por su estabilidad emocional y por construir una identidad propia, desde la amabilidad y la defensa, tanto de los derechos humanos como de las colectividades y minorías.
Además de las condiciones económicas que enfrenta Japón, incluso actualmente, esta reforma representó más problemas que beneficios, las empresas japonesas se quejaron de las personas Yutori por su poca resistencia al estrés y la poca obediencia, los bajos promedios que no les permitió competir a nivel regional en olimpiadas y concursos académicos y las manifestaciones y movilizaciones contra el gobierno encabezadas por las y los Yutori a favor y exigiendo derechos sociales diversos, hicieron que paulatinamente desapareciera el modelo y fuera reemplazado por otra reforma educativa concretada a partir de 2003, pero los problemas no se fueron con la reforma.
Actualmente, las y los Yutori son segregados en el mercado laboral, llamados socialmente como débiles o frágiles, no se adaptan a la competitividad actual que se vive en Japón. Aunque en este país no es tan importante, como en Corea del Sur, la Educación Superior a la que hayas accedido, las y los Yutori no tienen posibilidad de competir ni en cuestiones académicas ni en resistencia para soportar el estrés que las empresas japonesas exigen a sus trabajadores. Incluso, en las entrevistas de trabajo, uno de los filtros para descartar aspirantes a un puesto es si fueron educados en el Sistema Yutori.
No puedo evitar pensar en la situación que pasan las personas Yutori en Japón y, con vistas hacia una crisis que persigue al país desde hace muchas décadas, me pregunto: ¿Qué pasará con las y los adultos que no pueden ser parte del mercado laboral por la competitividad que se exige actualmente?, ¿Qué es lo que se enseña en los modelos educativos que implementamos para el momento presente que atienden a las problemáticas actuales y que en el futuro pueden perjudicar a generaciones enteras? ¿Será que las nuevas licenciaturas y posgrados dedicadas al futuro tienen miras hacia estas problemáticas generacionales y su relación con el mundo adulto?
Las condiciones en occidente siempre han sido distintas al mundo oriental, pero preparar a las y los estudiantes es una labor en la cual debemos estar interesados con miras hacia el futuro, impresiona pensar que una generación tan humana como los Yutori, no tenga esperanza en el mundo que se hemos construido de 1970 a la década de los veinte del nuevo milenio. ¿Los modelos educativos que priorizan una educación crítica y humanística no tienen futuro? o todo lo contrario, construyendo e implementando cada vez más este tipo de modelos ¿cambiaremos el mundo que construimos fundamentado en la ganancia y el crecimiento individual a costa y sobre la colectividad?
En México, la educación sigue siendo un oasis en la incertidumbre, pero ¿será que los cambios y reformas que se plantean para todos los niveles educativos, ayudarán a las nuevas generaciones a enfrentar los retos económicos, políticos y referentes a la sociedad que estamos construyendo para el futuro? Las y los jóvenes, dentro de contextos de violencia, necesitan una educación que cambie su presente y ¿qué pasa con su futuro?, ¿estos modelos humanistas los harán partícipes de un futuro utópico que las y los románticos construimos y trabajamos desde la empatía y el compromiso social y que esperamos con ansia, cariño y esperanza? Más preguntas que respuestas nos deja el desarrollo japonés, más interrogantes por resolver antes de que el mundo siga girando y que seamos seres obsoletos desplazados por las inteligencias artificiales.
Siguiendo la famosa frase que, según internet es de George Santayana: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”, yo más bien diría: “aquellos que no conocen la historia no saben dónde fue que cometimos el error que nos llevó a ser lo que somos en el presente” y no me refiero a la generación Yutori como un error, sino al mundo que los ve como un fracaso.
Académica de la UAM-Xochimilco

