Alejandro Rodiles

La intervención de Estados Unidos (EU) en Venezuela materializó la “doctrina Donroe”, declarada en su Estrategia de Seguridad Nacional 2025, dejando claro que para Washington el derecho internacional es irrelevante en el hemisferio occidental, sobre el cual proclama una hegemonía que está dispuesto a imponer por la fuerza.

La política del buen vecino quedó abolida y la del patio trasero codificada. A la pregunta sobre lo que ello significa para el orden internacional, la respuesta común es que el orden jurídico, construido tras la Segunda Guerra Mundial y centrado en la Carta de la ONU, fue desplazado por uno geopolítico de grandes esferas de influencia, dividido entre EU, China y Rusia. Dicha lectura me parece errada por lo siguiente. Primero, las esferas no están bien definidas. Groenlandia lo evidenció. El interés geoestratégico no es estático en un mundo en constante cambio, incluyendo el cambio climático, que podría liberar nuevas rutas de navegación y recursos naturales al derretirse el hielo de la isla.

Además, lo regional y lo internacional están más entrelazados de lo que la imagen de las esferas sugiere. Al meterse con un espacio europeo, EU estuvo a punto de romper la alianza transatlántica, lo cual hubiese llevado a un reacomodo de fuerzas globales con consecuencias incalculables para la propia seguridad estadounidense. Que a raíz de dicho episodio se haya hablado de la mera posibilidad de que Alemania y otros busquen armas nucleares lo dice todo. Sobre todo, es ingenuo pensar que entre las tres potencias siempre estarán de acuerdo en dónde empieza y termina la influencia propia y la de los demás. A corto plazo, EU arriesga mucho frente a la coordinación estratégica sino-rusa, reafirmada el pasado 29 de enero; a largo plazo, ese orden estaría siempre al filo de la navaja, en riesgo de colapsar ante un conflicto armado mayor.

La segunda razón es China, cuya estrategia de poder es mucho más sofisticada que regresar a modelos de repartición imperial, que ella misma sufrió históricamente. China entiende que, aunque el discurso de la globalización pasó de moda, el mundo está irreversiblemente interconectado. Su iniciativa de la Franja y Ruta es hoy día el mayor proyecto global de interconexión infraestructural (física y digital), comercial y de desarrollo. Las dependencias que está creando a lo largo del mundo son equiparables a las que antaño forjaban el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI), pero a diferencia de esas instituciones, lo hace acompañado de una retórica de no-intervención en asuntos internos que resuena muy bien en el sur global. Ni la intervención estadounidense en Venezuela pone en peligro la influencia regional de China, cuestionando la eficacia de la doctrina Donroe.

Por último, está la economía global, un orden en sí mismo que no es compatible con el riesgo del colapso inherente a las esferas de influencia. Dicho orden se caracteriza por una “interdependencia económica armada”, bajo la cual ningún Estado, ni el más poderoso, puede imponer su voluntad sin sufrir consecuencias. El sistema financiero global está repleto de sanciones y contra-sanciones, que nadie controla por completo, y las cadenas globales de valor hacen que la dependencia de un mineral o de un semi-conductor o de una infraestructura digital sea un día de un lado hacia el otro, y el otro a la inversa. Una vez que la Unión Europea amenazó con usar su “bazuca económica” (ley anticoerción) por Groenlandia, los mercados globales obligaron a Trump a pausar sus ambiciones de ampliación de esferas, mostrando que, para bien o mal, el capitalismo global se impone a las visiones imperiales.

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