Por Christopher Cernichiaro Reyna

Profesor investigador del Departamento de Producción Económica UAM-X

En general, es común pensar que aumentar el presupuesto en salud resolverá los problemas del sistema. La lógica parece sencilla: más dinero debería traducirse en mejores hospitales, más médicos y, en consecuencia, en una población más sana. Sin embargo, existe evidencia reciente que sugiere que esta relación no es tan directa.*

Un análisis sobre el uso de los recursos públicos en salud en las entidades federativas mexicanas entre 2001 y 2022 plantea una pregunta incómoda: ¿realmente estamos aprovechando bien el dinero destinado a la salud? La respuesta, lejos de ser optimista, apunta a un problema de fondo.

A lo largo de estos años, la eficiencia en el uso de los recursos ha tendido a deteriorarse. En términos simples, esto significa que el sistema de salud no está logrando transformar el gasto en mejores resultados al mismo ritmo en que aumentan los recursos. Dicho de otra forma: se gasta más, pero no necesariamente se obtiene más.

Las diferencias entre estados refuerzan esta idea. Existen entidades que destinan una proporción considerable de su economía al sector salud y, aun así, presentan peores resultados en indicadores como la esperanza de vida. Al mismo tiempo, otros estados con menor gasto logran desempeños relativamente mejores. Esto sugiere que el problema no es únicamente la disponibilidad de recursos, sino cómo se administran.

Detrás de estos resultados hay múltiples factores que parecen estar relacionados, por ejemplo, las brechas en infraestructura, la distribución del personal médico, la calidad de la gestión pública y las condiciones sociales de la población. También pesan elementos menos visibles, como la asignación inadecuada del gasto o políticas que no responden a las necesidades de la población.

Estas diferencias no son recientes. Muchos de los estados con rezagos hace dos décadas continúan en condiciones similares hoy. Esto sugiere que los problemas no son coyunturales, sino estructurales, y que no se han corregido con el paso del tiempo.

Este hallazgo invita a replantear la discusión pública. Durante años, el debate se ha centrado en sí se debe gastar más o menos en salud, pero se ha prestado menos atención a la calidad del gasto. Y ahí es donde parece estar el verdadero desafío.

Para la población, esto no es un tema abstracto. Se traduce en la calidad de la atención que recibe, en la disponibilidad de servicios, en los tiempos de espera y, en última instancia, en sus condiciones de vida. Cuando los recursos no se utilizan de manera eficiente, el impacto se siente directamente en el bienestar de las personas.

La conclusión es incómoda: no basta con asignar más recursos al sector salud. Es indispensable utilizarlos mejor. Sin cambios en la forma en que se planea, distribuye y ejecuta el gasto, difícilmente se lograrán avances sostenidos.

Al final, la pregunta que debería guiar la discusión no es cuánto se está invirtiendo, sino qué tan bien se está haciendo. Porque en salud, como en casi todo, gastar más no garantiza mejores resultados.

*Nota: Esta columna se elaboró con base en la evidencia presentada en el artículo “Diferencias estatales y regionales en la eficiencia de los recursos públicos en el sector salud en México”, publicado en la revista Contaduría y Administración de la UNAM, disponible en:

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