Por Jesús Brígido Coronel

En el debate reciente sobre la producción de carne y la sanidad pecuaria, la reaparición del gusano barrenador ha provocado reacciones inmediatas: restricciones a la movilidad del ganado, instalación de filtros sanitarios y controles carreteros que buscan contener el problema. La reacción es comprensible. Pero conviene preguntarse si estas medidas realmente enfrentan la naturaleza del riesgo o si, por el contrario, terminan castigando la producción sin resolver el origen del problema.

El gusano barrenador no se propaga por contagio directo entre animales. Su ciclo biológico es conocido desde hace décadas: la infestación ocurre cuando la mosca deposita sus huevos en heridas abiertas de cualquier animal de sangre caliente, por ejemplo, caballos, perros, borregos, y las larvas se desarrollan alimentándose del tejido vivo. El vector del problema es la mosca, no el traslado de un animal infectado a otro hato. No se trata de una enfermedad viral o bacteriana que se transmita entre reses, sino de un proceso biológico que depende de la presencia del insecto y de condiciones ambientales que favorecen su reproducción.

Esta diferencia, que podría parecer técnica, tiene consecuencias económicas muy concretas. Cuando se imponen filtros que ralentizan o dificultan el traslado del ganado, el impacto recae directamente sobre los productores: se encarecen los costos logísticos, se interrumpen ciclos de engorda, se generan pérdidas por retrasos y se distorsionan los mercados regionales de carne. A ello se suma el estrés y deterioro que sufren los animales retenidos durante largos trayectos. Todo ello sin que exista evidencia sólida de que estas restricciones reduzcan de manera significativa la incidencia del gusano barrenador.

Más aún, los filtros sanitarios pueden producir algo más peligroso que la ineficacia: una ilusión de control. Revisar al ganado en tránsito no elimina poblaciones de moscas ni reduce los focos reproductivos en el territorio. La experiencia histórica demuestra que las estrategias realmente efectivas han estado dirigidas al vector: control poblacional de la mosca, vigilancia epidemiológica focalizada, atención temprana de heridas de los animales y campañas coordinadas de manejo sanitario. Son medidas que atacan la causa, no el síntoma.

Los resultados hablan por sí solos. A un año y cuatro meses de la primera detección del gusano barrenador, la mosca ya se ha extendido a cerca de la mitad del territorio nacional. Si el avance territorial del vector continúa mientras se multiplican los filtros y retenes, resulta difícil sostener que el problema esté siendo contenido.

El riesgo de privilegiar restricciones de movilidad sobre soluciones técnicas es doble. Por un lado, se debilita la competitividad del sector cárnico, particularmente la de pequeños y medianos productores que dependen del movimiento constante de animales para sostener su operación. Por otro, se diluyen recursos públicos en mecanismos visibles, pero poco eficaces, mientras la plaga continúa su ciclo biológico intacto.

La sanidad animal requiere decisiones basadas en evidencia, no en reflejos administrativos. Combatir al gusano barrenador implica recordar una verdad elemental: el enemigo vuela, no camina. Ignorar ese hecho solo conduce a un resultado predecible: menos producción, mayores costos y una plaga que sigue avanzando.

Presidente de la Asociación Mexicana de Productores de Carne (AMEG)

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