Mtra. ZARA HERNÁNDEZ GODOY
Cada 8 de marzo, las calles, las redes y los discursos se llenan de consignas, llamados a la lucha y exigencias urgentes. Y con razón: la violencia, la desigualdad y la injusticia siguen marcando la vida de millones de mujeres. Sin embargo, en medio de ese ruido necesario, pocas veces se nombra algo igualmente real: el cansancio.
En los últimos años, algunas mujeres confiesan —a veces en voz baja— que ya no sienten la lucha feminista como antes. No porque hayan dejado de creer en la igualdad o la justicia, sino porque vivir permanentemente en resistencia agota. Y reconocer ese agotamiento no es una traición a la causa; sino que es una verdad humana.
El problema aparece cuando el feminismo se vuelve un espacio donde parecer fuerte es obligatorio y detenerse se interpreta como abandono. Cuando la lucha se mide en visibilidad constante, en presencia ininterrumpida o en adhesión absoluta a una narrativa, se corre el riesgo de olvidar algo fundamental: la razón de ser del feminismo. La mujer como persona.
Desde un Feminismo Centrado en la Persona, el cansancio no es una falla moral, sino una señal. Nos recuerda que quienes luchan no son símbolos ni consignas, sino mujeres concretas, con historias, vínculos, miedos y límites. Mujeres que trabajan, cuidan, estudian, sostienen familias, atraviesan duelos y, aun así, siguen creyendo que un mundo más justo es posible.
Por eso resulta urgente volver a la radicalidad. No al centro ideológico ni a una corriente específica, sino al radical humano: a ese lugar interior donde nacieron, alguna vez, las ganas de luchar. Volver ahí no significa renunciar a las causas colectivas, sino recordar por qué empezaron. Porque cuando el feminismo deja de ser personal, se corre el riesgo de convertirse en una estructura que exige, pero no cuida; que interpela, pero no acompaña.
El 8 de marzo también es memoria. Recordamos a las mujeres que lucharon antes, muchas de ellas en contextos mucho más adversos. Pero honrar su legado no implica exigir heroísmos permanentes. Ellas tampoco fueron invencibles: tuvieron miedo, se cansaron, dudaron. Su grandeza no estuvo en no caer nunca, sino en levantarse cuando pudieron. Idealizarlas como figuras incansables solo perpetúa una lógica que hoy sigue pesando sobre muchas mujeres.
Quizá por eso este 8 de marzo valga la pena preguntarnos qué tipo de feminismo estamos construyendo. ¿Uno que mide el compromiso únicamente en presencia en marchas, o uno que reconoce que también hay lucha en el silencio, en la pausa, en el cuidado y en la coherencia personal? ¿Un feminismo que exige sin descanso o uno que entiende que la transformación social empieza cuando se reconoce la dignidad plena de cada persona?
La transformación social no empieza solo en la consigna; empieza cuando se reconoce la dignidad plena de cada persona. Las nuevas generaciones no necesitan únicamente discursos encendidos. Necesitan testimonio. Necesitan ver que es posible luchar sin deshumanizarse. Que se puede exigir justicia sin perder la ternura. Que la firmeza no está reñida con la compasión, ni hacia los demás ni hacia una misma. Un mundo más seguro, libre y justo no se hereda solo con consignas, sino con modelos de humanidad. Mostrar que se puede luchar sin deshumanizarse es, en sí mismo, un acto profundamente político.
Tal vez el gesto más revolucionario de este 8 de marzo no sea solo el gritar más fuerte, sino recordar que ninguna causa se sostiene si se olvida a quienes la encarnan. Recordando que el centro está en la persona, no en la lucha.

Coordinadora de proyectos de la Dirección de Investigación Escuela de Pedagogía e integrante del GIEF Grupo Interdisciplinar de Estudios Feministas Universidad Panamericana.
Instagram: @xzarahernandez

