No encuentro en los diccionarios de filosofía la palabra trueque. No es, lo entiendo, materia filosófica como tal, pero, bajo el entendido que una de las metas de esa noble y necesaria disciplina es procurar felicidad, algunas ideas sobre ese oficio añejo hubiesen sido bienvenidas. El trueque es una actividad sana, bella, honesta, libre de horrendos y pútridos intermediarios, distante de las reglas del colonialismo económico o de las normas que impone el mercado del mercado, entendiendo por mercado el ejercicio y los patrones impuestos por los dueños del dinero a los que carecen de él o apenas lo tienen.

En el trueque la mayoría de las veces el intercambio es justo y la sensación de humillación de quienes apenas poseen, propia de nuestros tiempos, o no existe, o es mínima. En dicha tarea, como sucede aún en algunos tianguis en México, la fuerza per se del que tiene más no aplasta a quien menos tiene. En Zacualpan de Amilpas, en Morelos, los domingos, en su tradicional tianguis, las permutas perviven: entre las seis de la mañana y las doce del día se intercambian los productos de regiones vecinas y del estado de Puebla. Se ofrecen frutas, alfarería, animales, minería, verduras, semillas, hierbas medicinales y, entre otros, aperos de labranza. Productos esenciales para la vida cotidiana.

El trueque me parece una actividad “natural” a la condición humana. Una ilustración de 1874 del Harper´s Weekly que muestra a un hombre ofreciendo pollos a cambio de una suscripción anual al periódico bien explica la belleza del acto: dos hombres frente a frente, en un cuarto, uno con pollos en la mano y el otro observando la mercancía. Pollos por periódicos. Acto bello, muy bello, ¿o no? Intercambio impensable en nuestra época. Ahora canjeamos bombas por misiles, asesinatos por homicidios, prostitución infantil por comida, pederastia religiosa por lugares en el paraíso o futuro en la Iglesia.

Intercambiar bienes materiales o servicios por objetos distintos y servicios diferentes es el corazón del trueque. Sus sinónimos y palabras afines, salvo permuta, no hacen honor al acto: cambio, intercambio, canje, trapicheo —trapichear: comerciar al menudeo. Mejor sería hablar del evento en sí: los excedentes, incluyendo el tiempo cuando sobra, en vez de malbaratarlos, son bienvenidos por quien los requiere y posee sobrantes de otros productos o servicios necesarios para quien carece de ellos. Todo un bello diálogo. Infinidad de objetos no usados pululan en las casas de la clase media. Bello sería trocar ropa, medicamentos, utensilios caseros, libros, siempre libros, aparatos viejos...

Explican los historiadores que el trueque se ejerce desde hace aproximadamente 10 mil años, es decir, es una actividad innata al ser humano, un ejercicio en donde la explotación o no existe o es mínima y en donde las partes dialogan desde posiciones similares acerca del valor de lo que se ofrece y el valor de lo que se desea obtener. Aunque es complejo calcular el precio del servicio o del producto, también es cierto que no es imposible llegar a un acuerdo con el interlocutor. Cuando apareció el dinero, el trueque decayó. El dinero tiene la característica de estimar el precio de la mercancía con cierta facilidad aunque no con exactitud. La inexactitud la dicta quien más posee. El corolario lo ilustra la vida de hoy: las irrespirables dismetrías entre quienes todo tienen y quienes carecen de (casi) todo nace, en parte, con el dinero, patrono contemporáneo de la vida y de la muerte.

Quienes hayan ejercido el trueque, sea en especie o en tiempo como una forma de servicio, comprenderá su valor. En esencia no confronta “groseramente” a dos seres humanos a pesar de que siempre habrá uno que tenga más y busque imponer sus reglas. El trueque no es el paraíso pero es un espacio más sano y menos opresivo que los modelos vigentes desde hace siglos donde el dinero manda y establece patrones. ¿Cómo sería la sociedad si perviviese el trueque? Menos enferma, pienso, más equitativa, quizás.



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