Supervivencia

Arnoldo Kraus

Dos miradas. Un entrecruzamiento. Dos reflexiones. Un agente. Dos parteaguas. Un fracaso. Philippe Sansonetti, microbiólogo francés, uno de los creadores del término ‘enfermedades del Antropoceno’, las define con precisión: “Enfermedades que están relacionadas principalmente, si no exclusivamente, al hecho de que los seres humanos se han apartado del planeta y al impacto que están causando en la Tierra”.

Van Rensselaer Potter, uno de los creadores del término bioética, explica en un pequeño capítulo del libro, Bioethics. Bridge to the Future (Bioética. Puente hacia el futuro): “La sabiduría debe ser definida como el conocimiento de cómo usar el conocimiento a favor del bienestar social. La búsqueda de la sabiduría debería organizarse y promoverse en términos de supervivencia humana, así como en la mejoría de las especies no humanas”. Sansonetti caviló el año pasado, a raíz de la pandemia, sobre los vínculos entre humanidad y Naturaleza; Potter publicó su (nuestro) imprescindible tratado en 1971. Del Antropoceno, Potter no escribió —no existía el término—; sin embargo, advirtió sobre el crecimiento exponencial del conocimiento sin que se diese un incremento paralelo en su aplicación adecuada y no sólo a favor de quienes ostentan el poder, empresas y gobiernos. El mal uso del conocimiento y la voracidad inagotable y antiecológica de nuestra especie conforman las bases del Antropoceno, esto es, el impacto de las actividades humanas sobre los ecosistemas terrestres, cuyas negras redes se hacen cada vez más presentes. Aunque no todos los científicos dedicados a estudiar la Tierra y los impactos negativos de nuestra especie sobre ella concuerdan con el término, es innegable que a raíz de la Revolución Industrial la destrucción de la Naturaleza es un hecho tácito. La supervivencia humana y terrenal, tal como lo esbozan Potter y Sansonetti, se ha convertido en urgencia. Destaco algunos aspectos.

La soberbia humana es infinita. Mientras no sean suficientes las voces para desbancar a políticos y empresarios malignos, la tan necesaria humildad hacia la Naturaleza será letra muerta. Es obligatorio modificar nuestras actitudes; si la vorágine persiste, la destrucción de la vida no humana ahondará las enfermedades de la Tierra. La interconexión cobra: siglos atrás los errores producían daños locales. En la actualidad los descuidos ecológicos o contra natura dañan a la totalidad del tejido terráqueo.

Potter hablaba de la necesidad de buscar un equilibrio entre científicos dedicados a investigar ciencia pura y una proporción, inclusive con goce de sueldo, de académicos enfocados a investigar y solucionar problemas sociales. Sobre dicho e imprescindible balance han cavilado, desde hace décadas, algunos estudiosos, quienes aducen, con razón, que entre ciencia y humanidades hay una brecha inmensa. El lenguaje y las metas de unos son incomprensibles para otros y viceversa. Para esos pensadores, sobre todo C. P. Snow, la construcción del mundo dependía —depende— de las interacciones entre ambas disciplinas. El fracaso es ostensible: han privado la ciencia sobre las humanidades y la generación de tecnologías cada vez más sofisticadas sobre el bien común del binomio humanidad y Tierra.

Las miradas de Sansonetti y Potter tienen múltiples entrecruzamientos. El fundamental radica en la palabra supervivencia. Cincuenta años han transcurrido entre una y otra observación. Nuestra especie ha enfermado al mundo. Kant sostenía que la sabiduría es una acción para actuar y no exclusivamente una forma de posesión. Su idea ha sido desdeñada. La ecuación amaga: entre más se posee más se desprecia la sabiduría.

Cavilar sobre la supervivencia de nuestra especie y nuestro hábitat es ingente. No se trata ni de Nostradamus ni de Damocles. Se trata de la supervivencia de la humanidad.

 

Médico y escritor.
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