Enfermedad y literatura tienen semejanzas. Ambas son infinitas. Ambas, por razones distintas, acompañan: la primera cambia la vida, modifica los días, altera la relación con uno mismo, con los seres cercanos y con la sociedad. La segunda, sus libros, sobre todo los de papel, abre mundos inéditos, unos alegres, otros dolorosos, algunos nunca antes pensados. No es la serendipia la responsable de las similitudes entre pathos y letras: la enfermedad deviene literatura y los letrados, poetas, novelistas, ensayistas, así como músicos y pintores, crean textos, partituras y pinturas donde la enfermedad es tema central.

Pacientes y escritores guardan parecidos. Quienes son víctimas de alteraciones corporales se convierten, por medio de sus palabras, en narradores de su universo y de aquellos con padecimientos similares. Dolor, pavor e incertidumbre son su materia prima. Entre los segundos, algunos utilizan sus temores, sus dudas o las enfermedades y fallecimientos de seres queridos para elaborar tratados, novelas o crear arte. Los paralelismos entre ambos grupos son “naturales”; las alteraciones en la salud desnudan el ser interno y perturban el alma. La libido se transforma, el deseo se modifica. Quienes escriben interpretan la vida gracias a sus propias experiencias, con frecuencia, aderezadas por la ficción. Abundan, por fortuna, las interconexiones entre ambos universos. Algunos enfermos curan o mejoran al contar sus periplos, mientras que algunos escritores encuentran paz o se regodean en una vivencia cercana al sosiego cuando finalizan un texto.

Motu proprio, o en ocasiones por la sugerencia de médicos, cuyo ejercicio va más allá del uso de la tecnología o del laboratorio y que consideran que el arte o la escritura son fuente de sanación, instan al enfermo a escribir como terapia. Redactar a partir de la enfermedad es una suerte de auto diván. Comparto algunas líneas, no sin antes copiar las palabras iniciales del poema Autopsicografía de Fernando Pessoa (Antología poética. El Poeta es un fingidor, Colección Austral, Espasa, Madrid, 1982). El lusitano fue lector y testigo, como pocos, del pathos:

Autopsicografía

El poeta es un fingidor / Finge tan completamente / que finge que es dolor / el dolor que en verdad siente.

El dolor, los dolores de Pessoa se vinculan con las líneas siguientes, escritas por enfermos a partir de sus miedos y tristezas: 1) Un enfermo terminal dijo, “me acerco al barranco de la inexistencia”. 2) Un paciente parapléjico, consciente, harto de pervivir, le dictó a su amante, “me he convertido en nada. Nada es mi nombre, nada es mi vida, nada son mis días. Nada”. 3) Un afamado arquitecto, siempre exitoso, quien sufrió un derrame cerebral y lo postró en cama, tras pedir ayuda para morir, le dijo a su hijo, “pervivo. No quiero, no puedo acostumbrarme a subsistir yermo de vida”. 4) Un paciente, profesor universitario, desahuciado —horrible palabra— por una enfermedad pulmonar, solicitó ayuda a sus seres cercanos para marchar con dignidad, “¿Cuánto ganaré?, ¿cuánto ganarán ustedes si me ayudan a morir en vez de pervivir muriendo?”. 5) “Mi vida ya no es mía”, fueron las últimas palabras que dejó escritas una mujer nonagenaria que optó por el suicidio.

Literatura y enfermedad guardan semejanzas. Ambas cuentan, ambas abren caminos. La enfermedad reescribe la vida. El dolor escribe, borra, rompe descubre, inventa. La literatura reinventa la vida. Los libros abren, rompen, descubren, crean. Ambas, de una y mil formas, ora dolorosas, ora placenteras, acompañan.

Médico y escritor