Más allá de su dudosa reputación, Morena es una entidad que carece de oficio político.Y la presidenta Sheinbaum, como parte de ella, no es la excepción. El desaseo, los retrasos, tropiezos y el continuo desdecirse de una y otra cosa en la preparación de su propuesta de Reforma Electoral, lo ha puesto más que de manifiesto. Desde la Presidencia de la República, hasta sus supuestos operadores en el poder legislativo -que no son otra cosa más que mandaderos, y penosos ejemplos de servidumbre- se ha hecho claro el desprecio por las formas, esas que siempre son fondo, como decía don Jesús Reyes Heroles.
El caso es que perdemos el tiempo intentando juzgar al político morenista según los cánones de Weber. Si alguna vez tuvieron o fingieron tener alguna ética de la convicción, es difícil decirlo después de tantas mentiras, promesas incumplidas y principios traicionados. Mucho menos es posible hablar de alguna ética de la responsabilidad. La dirigencia de esta organización preside intereses, acuerdos gangsteriles; no tienen ni les interesa tener o formar una militancia con ideario y programa. No tienen la más mínima formación democrática y todo cuanto pueda reconocérseles como “de izquierda” tiene que ver con su talante estalinista y autoritario.
Más patético aún –pero no extraño-- resulta la ausencia de este oficio político incluso entre sus propias filas y sus aliados más cercanos. Con todos los recursos de que disponen y el enorme aparato del que se hacen cargo (atrabiliaria e ineficientemente, como se ha podido comprobar) fueron incapaces de “ planchar” entre sus propias huestes un proyecto de Reforma electoral satisfactorio de inmediato por lo menos para el bloque con el que piensan imponerse a la hora de la votación, poniendo en marcha el mayoriteo acostumbrado, sobre todo cuando disponen de una ilegal sobrerrepresentación de la que pretenden seguir haciendo uso y abuso.
La reforma presentada era y es innecesaria para la vida democrática del país. Cambiar las reglas con las que ellos mismos accedieron el poder, sólo puede tener un sentido: impedir que con esas mismas reglas sean eventualmente desalojados de Palacio Nacional y, antes, derrotados en el Congreso.
Es de esta inseguridad que nació la idea de instrumentar una reforma electoral que hiciera más difícil a los partidos de oposición competir por los cargos de representación popular y, por supuesto, por la presidencia de la República. No es, efectivamente, la reforma que soñó López Obrador, pero eso se debe solamente a dos causas: la inconsistencia y debilidad de la presidencia para encabezar este proyecto, pero también la ausencia de condiciones favorables para modificar el entramado electoral.
Y es que reformar las reglas de la competencia por el poder, precisamente cuando se lo detenta y cuando su ejercicio está manchado por escándalos de corrupción, inseguridad y extorsión, no ha resultado tan fácil como se lo imaginaba el expresidente López Obrador. De hecho, bien visto, su herencia es otro factor que ha obstaculizado la posibilidad de una reforma autoritaria más radical.
Sin embargo, no podemos decir que la propuesta del poder ejecutivo resulta inofensiva para la vida democrática. Sólo apunto que no es la que ellos hubieran deseado originalmente, pero sí es la que posibilita poner en clara desventaja a los opositores en prácticamente todos los terrenos.
Señaló en primer lugar el llevado y traído “elevado” costo del sistema electoral (una de las muchas patrañas con las que se ha querido justificar esta reforma). Practicar la austeridad en el INE va a significar despedir a miles de los profesionales de este organismo formados en los últimos años; gente que asegura la certeza electoral y el cumplimiento de todas las reglas. Con menos personal, el INE entrará fácilmente al terreno del incumplimento de su labor esencial, lo que favorece la posibilidad de regresar a las “caídas del sistema” y el andamiaje fraudulento que ya habíamos dejado atrás.
En lo que toca al finaciamiento partidista, por mucho que la rebaja de este vaya a ser “igual para todos”, Morena duplicaría los recursos de su más cercano competidor, que viene a hacer el Partido Acción Nacional, eso sin considerar que teniendo el poder y manejándolo como hasta ahora, hará uso ilegal de todos los recursos del Estado, como ya lo hace, en todas sus campañas electorales futuras. Aunque es importante señalar que eso de las campañas futuras es un mero decir, porque morena vive permanentemente en campaña, gracias al uso clientelar de sus programas sociales, su principal apuesta para obtener los votos necesarios en cada contienda electoral; además de contar con los consabidos recursos ilícitos que proceden incluso del crimen organizado.
Luego tenemos un voto que podría distorsionarse como sólo Morena sabe hacerlo. Javier Martín Reyes lo explica a fondo:
“Otra medida regresiva –dice en su más reciente artículo para la revista Nexos– es la eliminación de las 32 senadurías de representación proporcional. La implicación es directa: si se aprueba la reforma, los votos de las y los ciudadanos que no voten por el primer o segundo lugar se irán a la basura. Y, como ha mostrado el análisis de Javier Aparicio, esta medida beneficiará a Morena y perjudicará a los partidos más pequeños”.
Y en lo que hace a la Cámara de Diputados, como señala Ricardo Becerra en un artículo de la revista Etcétera, “el mecanismo para distribuir las 200 diputaciones restantes (no se si llamarlas plurinominales), es tan imprecisa que resulta imposible evaluarlas. Si lo que se busca es replicar lo que ya pasa en la CDMX, dos listas por cada partido (una integrada con los candidatos perdedores que tuvieron los mejores porcentajes de votación y otra compuesta mediante el voto por “listas abiertas”) podría discutirse pero no hay que especular hasta que no se clarifique el mecanismo. En todo caso, la Comisión y los abogados de la presidencia han demostrado que ni ellos lo saben expresar”.
Esa es la propuesta de reforma que resultó de la cavernaria Comisión presidida por Pablo Gómez que no dialogó ni siquiera con sus aliados, mucho menos con los opositores; una Comisión cuyos trabajos han tenido el afán de imponer no de reformar. Y esa será, si se aprueba, la reforma que nos regresará a los tiempos que supuestamente tanto odiaban los que ahora están en el poder.
@Ariel Gonzlez
FB: Ariel González Jiménez

