Cualquiera que visite el maravilloso estado de Sonora tendrá que reconocer de inmediato que, dado su clima y paisaje, predominantemente desértico, aquí como en ninguna otra parte el tesón y la disciplina son indispensables para concretar toda empresa o materializar cualquier proyecto, por pequeño que sea. No es —como quiere el lugar común vasconcelista— que la carne asada sea la frontera de la cultura, sino que la cultura que emerge de estos parajes es necesariamente la cultura del esfuerzo.

El Museo de Arte de Sonora (Musas), inaugurado en 2009, es un extraordinario ejemplo de cómo por esas latitudes cuesta mucho hacer las cosas, pero el resultado siempre vale la pena. En el lugar que se eligió para su construcción, una zona donde no escaseaba la basura y el olvido se hermanaba con el aislamiento, se tuvo que trabajar arduamente para convertir aquello en un espectacular edificio, nuevo polo de urbanización en Hermosillo, pero sobre todo uno de los proyectos culturales más relevantes en el norte de México.

Cuando conocí este gran espacio museográfico, hará cosa ya de una década, me sorprendió muy gratamente su decidida ambición de modernidad y su clara vocación de diálogo con todas las manifestaciones artísticas dentro y fuera de Sonora.

Desde que lo recorrí por primera vez, volví en varias oportunidades siempre con el gusto de observar un espacio que la gente de todos los estratos sociales hacía cotidianamente suyo, de una manera absolutamente familiar, dominguera y festiva para acercarse a lo mejor de la producción artística de su estado y a otras muchas vertientes del arte nacional e internacional. Precisamente, la última vez que lo visité, en 2017, me encontré al artista Adán Paredes, genio del barro, oaxaqueño por adopción, ultimando los detalles de su muestra en el Musas, que fue todo un éxito.

Durante el pasado gobierno, el entonces director del Musas, Rubén Matiella, consiguió integrar y darle forma definitiva a su valiosa colección de arte contemporáneo, que comprende varias décadas con lo mejor de las artes visuales de Sonora. Esta es la suma, generosa, de muchas voluntades e iniciativas que quisieron legar a ese estado norteño un patrimonio artístico único y hacer de este Museo un espacio referencial dentro y fuera del país.

Hasta aquí las buenas noticias. Hace unos días, leyendo la columna de Humberto Mussachio (La república de las letras, Excélsior, 4 de julio, 2022), me entero que el Musas está cerrado desde el pasado 3 de junio y que así va a permanecer hasta noviembre. Cinco meses sin el principal espacio museográfico de Sonora, lo que ha despertado diversas polémicas.

Se supone que cierra porque se van a llevar a cabo diversos trabajos de mantenimiento, para lo cual la directora del Instituto Sonorense de Cultura, Beatriz Aldaco, y la actual directora del Musas, Maricela Moreno, informaron en su momento que el acervo artístico sería resguardado cumpliendo todos los requisitos que señala la normatividad museográfica.

Suena bien, sin embargo, el antecedente de estos trabajos de mantenimiento tiene relación directa con una práctica común frente a todo cuanto toca (o “administra”) la Cuarta Transformación: precisamente la falta de mantenimiento. Es decir, que luego de desatender las goteras y descuidar el mantenimiento rutinario del sistema de aire acondicionado, ahora les pareció necesario cerrar el inmueble y arrumbar, perdón, “resguardar”, buena parte de la colección en las oficinas administrativas (que no son para eso, como puede entenderse).

Hay personas que han preguntado por el estado de estas obras (como el escritor Hermes Ceniceros, quien atinadamente ha observado que requieren estar en condiciones de humedad y temperatura adecuadas), pero las autoridades piden confianza ciega en su profesionalismo, que no parece gran cosa cuando escucho hablar a la señora Beatriz Aldaco como una aguerrida militante de la Cuarta Transformación. Se ha propuesto, dicen, la “deselitización” y “redignificación” del Musas, algo que no tengo idea de qué pueda significar, pero que parece una consigna trasnochada más que una iniciativa museográfica. Lo que es un hecho es que su forma de argumentar es idéntica a la que se enseña desde Palacio Nacional: los que estaban antes (neoliberales, fifís y demás) son los responsables de todo.

Es una lástima que el Musas permanezca cerrado porque no fueron capaces de darle el mantenimiento oportuno que se merecía y que —eso sí obra insensata del gobierno anterior— haya perdido su carácter de organismo público descentralizado para ser asimilado por el Instituto Sonorense de Cultura, algo que lo terminado por sumir en la burocratización y que hoy lo coloca entre la debacle y el abandono.

@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez

Google News

TEMAS RELACIONADOS