Los populistas saben venir de abajo, no necesariamente de la pobreza, sino de la última fila; saben persistir políticamente, sobrevivir a todas las circunstancias adversas (aprovechando a su favor las reglas de la democracia) y, eventualmente, triunfar. O por lo menos quedar muy cerca de la victoria. En Francia, Marine Le Pen lo está demostrando nuevamente.

Independientemente de que llegue o no a ganar las elecciones del próximo domingo, su ascenso ha sido sostenido desde hace más de una década y ahora la posibilidad de que arribe al Palacio del Elíseo es más realista que nunca, pues ha conseguido romper lo que algunos llaman “el cerco sanitario”: el pacto no escrito de los partidos de izquierda y centro que impidió todos estos años (pidiendo el voto en la segunda vuelta para el candidato de centro que estuviera más próximo a la victoria) para que la ultraderecha no tuviera ninguna oportunidad de obtener el poder.

Encuestas y expertos ven muy difícil, luego de hacer las sumas y restas potenciales que ofrece un electorado completamente atomizado que votó en la primera vuelta electoral por una docena de candidatos, que la hija de Jean-Marie Le Pen, fundador de la dinastía ultraderechista, consiga llegar al Palacio del Elíseo, pero desde luego admiten que este será su mejor resultado.

¿Cómo lo consiguió? Para una mujer formada y reconocida como parte de la ultraderecha francesa, sin duda es un logro que buena parte del electorado la vea ahora como “inofensiva” para la vida democrática y hasta “simpática” (según diversos sondeos). Seguramente ha tenido buenos asesores que la han puesto a estudiar y asimilar diversos casos de éxito: personajes que fueron vistos inicialmente como un peligro para la democracia y que consiguieron transformar su imagen hasta llegar al poder y entonces demostrar que, efectivamente, eran no sólo una amenaza para las instituciones democráticas, sino que serían sus verdugos. Algunos de estos alcanzaron tanta popularidad y fuerza que pudieron destruir a todos sus opositores e instaurar abiertamente una dictadura; otros, aunque detentan el poder, tienen que lidiar constantemente con las debilitadas (pero todavía en pie) instituciones autónomas, la prensa libre y el activismo de un sinnúmero de ciudadanos que, desde el feminismo, ecologismo, la defensa de los derechos humanos y la transparencia contra la corrupción les siguen complicando las cosas.

El reto de Marine Le Pen era dejar atrás la imagen que su padre le heredó junto con la dirección del Frente Nacional en 2011: una muy cercana a los nazis, tan echados de menos por el viejo Jean-Marie que llegó en diferentes momentos a hacer abierta apología de su obra (las cámaras de gases en las que se exterminó a millones de judíos fueron según él un pequeño “detalle de la historia” y la ocupación de Francia “no fue particularmente inhumana”). Así que con gran pesar tuvo que proceder a la expulsión de su mismísimo progenitor del Frente Nacional, ¡que él fundó en 1972! Un momento muy difícil cuya dramatización impactó a no pocos franceses.

Después de promover la defenestración de su padre, Madame Le Pen prosiguió con el aggiornamento del Frente Nacional y consiguió cambiarle de nombre (ahora es Agrupación Nacional) y “rejuvenecerlo” llevando a los puestos de dirección a algunos jovencitos. ¿Quién dijo que los jóvenes no pueden sustentar y darle giros “interesantes” al momificado discurso ultraderechista? Ahí lo tienen, el presidente de Agrupación Nacional (Rassemblement National), es Jordan Bardella, un chico de apenas 26 años. Justo la sangre joven que todos los populismos —de derecha e izquierda— saben hoy atraer y reclutar con gran facilidad.

Pero dentro de los cambios emprendidos por Marine, el que más frutos ha dejado es el discursivo: ocultar sus verdaderas intenciones y hasta convicciones para acercarse a otros sectores de la sociedad francesa, suavizando sus conceptos más agresivos e intolerantes, y creándose todo un nuevo look con el que parece una “empática” y moderna señora, dueña además de varios gatos. Esto de los gatos no es menor, ya se sabe: los tuits con gatos marcan tendencia. Al mismo tiempo, la ha favorecido que en la casilla de la extrema derecha se halla posicionado Éric Zemmour, un candidato que más bien sigue los pasos del padre de Marine, pero abiertamente, sin rodeos.

Por supuesto, en el centro de su campaña Le Pen ha puesto un problema real que afecta a la mayoría de los franceses: la pérdida de poder adquisitivo, la inflación y otros temas que ella explota sin ningún recato proponiendo soluciones burdas, voluntaristas o mágicas con las que —siguiendo siempre el manual del buen populista— busca marca una clara distancia entre “el pueblo” y las abusivas “élites” que defiende Macron.

Parte importante del resultado final de la elección del próximo domingo, tanto para Le Pen como para Macron, depende del llamado último que haga Jean-Luc Mélenchon, el candidato de izquierda populista que sorpresivamente más creció en la primera vuelta electoral. Este personaje identificado con el populismo teórico —siempre de izquierda, claro— de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, o con el más pragmático de Pablo Iglesias, Lula, Maduro o su amigo López Obrador (con el que acaba de hablar telefónicamente), hizo buena parte de su carrera en el Partido Socialista, pero ahora clama porque “se vayan todos”; no parece muy convencido de las reglas democráticas (ni de las reglas en general: ya que no hace mucho desacató una orden judicial y hasta maltrató a la policía), y sigue un modelo de confrontación que exalta el resentimiento y el nacionalismo envolviéndose cada que puede en la bandera francesa. Quizás esto último es el factor que lo vincula con Le Pen, a quien dice odiar, pero a la que está a punto de favorecer —no se sabe exactamente en qué medida— llamando a no votar por Macron ni por ella, lo cual cual haría según algunos cálculos que el 30 por ciento de sus votantes prefirieran a la candidata de Agrupación nacional. Así es de patriótica y de estratégica la Francia Insumisa, la organización que postura a Mélenchon.

Todo esto ilustra cómo el populismo ronda peligrosamente a la democracia francesa. Increíblemente, el partido de Le Pen ha sido financiado por un banco de Moscú; de las oscuras finanzas de la Francia Insumisa de Mélenchon no se sabe, pero no sería raro que Putin le haya puesto algunos euros, al fin que los dos sirven al propósito de erosionar a la Unión Europea y son absolutamente ambivalentes con respecto a temas como la invasión de Ucrania.

La cofradía populista no admite distinciones entre “izquierda” y “derecha”, esos son términos que sólo sirven de carnada para los más incautos electores. Lo que los une realmente, más allá de lo ideológico, es una forma, un estilo de hacer las cosas, siempre en nombre del “pueblo” y contra las “élites”, con frases ampulosas pero elementales, predicando la grandeza nacional (pasada) y anunciando la revancha de los excluidos contra la corrupción. ¿Les suena familiar?

@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez

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