Fue el emperador romano Septimio Severo quien en su lecho de muerte dejó como principal consejo a sus hijos, amigos y herederos una frase que ha trascendido hasta nosotros: “no rivalicéis, enriqueced a los soldados y despreocupaos del resto”. Este gobernante, todo un modelo de autoritarismo donde los haya, llegó a la cima del imperio en una época (193 a 211 d.C.) en la que ciertamente el ejército era un factor fundamental para obtener y retener el poder.

Precisamente por ignorar a las tropas, uno de sus antecesores, Pértinax (Publio Helvio) duró poco menos de tres meses como emperador. Habiendo llegado al cargo inmediatamente después de la conspiración-asesinato de Cómodo (en la que algunos historiadores creen que participó) se olvidó de darles a los guardias pretorianos el donativum al que estaban acostumbrados; enfadada por esta situación, la soldadesca concluyó que lo mejor era asesinar al flamante emperador. Acto seguido, tuvo lugar un episodio que exhibía ya toda la decadencia del imperio: la guardia pretoriana puso en subasta el cargo de emperador. Tal era el poder político que había llegado a acumular el Ejército romano.

En dicha puja, Didio Juliano fue quien “dio más”, pero la compra, de suyo grotesca e ilegítima, no hizo sino abrir un periodo de sangrientas luchas intestinas que culminaron con la llegada de Septimio Severo. Conocedor de la fuerza que había adquirido la guardia pretoriana promulgó su disolución (para sustituirla por su guardia personal), pero eso no significó que su gobierno no mantuviera una estrecha relación con el ejército, al cual de todas formas consintió y benefició de muchas formas: aumentó generosamente el sueldo de los soldados ( stipendium ), creó nuevos colegios militares, nuevas legiones, promovió y defendió sus privilegios, les autorizó nuevas responsabilidades en materia de adquisiciones de equipo y suministros y, básicamente, gobernó con ellos.

Esto no quiere decir que Septimio fuera quien militarizó al Estado romano. Ya desde los tiempos de Augusto, el princeps era también jefe de todas las fuerzas armadas del imperio, lo cual terminaba por ser la fuente definitiva de su poder. Las implicaciones de esto son ilustradas perfectamente por la siguiente anécdota: Favorino de Arlés, filósofo neoplatónico, estableció en una ocasión un debate con el emperador Adriano; el tema de la discusión ha sido olvidado, pero no el hecho de que, a pesar de que los argumentos del emperador resultaban endebles, Favorino prefirió no refutarlo. Cuando se le preguntó por qué había dejado pasar la pobre argumentación del mandatario, el filósofo dijo que no era recomendable diferir del “superior saber y entender” del amo de 30 legiones. Era docto y entendido ese Favorino.

Sabedor de la importancia del ejército, Septimio decidió incrementar la presencia de este en la vida pública y sostenerse en él. Pero siendo justos, no sólo gobernó con los señores de la guerra: también contó –luego de algunas ejecuciones y defenestraciones– con el Senado, por lo menos de manera decorativa. Los historiadores recuerdan que no se conoce de ningún debate en torno a algunas de las propuestas hechas por el emperador; todas las resoluciones del Senado se limitaban, pues, a ratificar las iniciativas del emperador, desde luego sin quitarles una coma.

Tampoco nos podemos olvidar de los juristas imperiales y las leyes. Para satisfacción del princeps y sin necesidad de que este les enfatizara aquello de “no me vengan con que la ley es la ley”, formularon el sabio principio de que la ley emana del emperador, pero no le obliga. Y por si a algún bárbaro se le ocurriera tal cosa, definieron puntualmente: Quod principi placuit, legis habet vigorem (“lo que le place al emperador tiene fuerza de ley”) y también Princeps legibus solutus (“el Emperador está desligado del cumplimiento de la ley”). Grandes e infalibles preceptos.

No sé por qué me he acordado de toda esta historia. Por un momento, en un desliz interpretativo sin duda, se me figuró que había cierto parecido entre los tiempos que corren y aquellos apenas posteriores a la crucifixión de Cristo. ¡Pero qué va! Han pasado dos mil años y la democracia mexicana, en plena Cuarta Transformación, está muy lejos de sus antecesores neoliberales y con más razón de aquel mundo de césares y tiranos, plagado de excesos de poder, corruptelas, injusticias e infamias, y un servilismo (de tribunos y juristas, para empezar) que hacía sentir vergüenza a los propios esclavos. Qué alivio.

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@ArielGonzlez 
 FB: Ariel González Jiménez 



 

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