Son tan parecidos sus gobiernos, tan del “mismo palo” sus reflejos políticos y sus discursos, que era prácticamente imposible que el Presidente Alberto Fernández dejara “la casa en orden” –parafraseando al muy echado de menos Raúl Alfonsín– y que su homólogo-anfitrión, Andrés Manuel López Obrador, lo recibiera en una con cuentas claras, mujeres comprendidas y escuchadas, y vacunados felices por doquier.

Antes de abordar el lujoso avión que lo traería a México –aeronave propiedad del futbolista Lionel Messi, que se lo rentó en 160 mil dólares a este presidente que asegura detestar “los privilegios”– Fernández tuvo que pedir la renuncia de su ministro de Salud por un escándalo conocido como la “vacunación VIP”, la vieja práctica de “primero mi familia, el partido y mis amigos” llevada a niveles grotescos en el país sudamericano (aunque la reacción de los opositores y de buena parte de la sociedad le han parecido a Fernández meras “payasadas”).

Ahora que regresó a Buenos Aires este escándalo continuaba, pero lo esperaba también el explosivo efecto que ha tenido la condena por lavado de dinero del principal testaferro y prestanombres del clan de los Kirchner, Lázaro Báez, lo que de inmediato ha puesto en serios aprietos a su vicepresidenta, Cristina Fernández, la viuda de Néstor Kirchner.

El sábado está convocada una manifestación que promete ser masiva y que pondrá fotos y video a lo que en las gráficas de las encuestas es una franca debacle en la popularidad de quien llegó a la presidencia argentina con la bandera de la “esperanza”.

Quizás, visto en perspectiva, no debió viajar a México, pero le ganó ese internacionalismo populista (antes era “proletario”) que tanto gusta en la región y que mueve a sus líderes a tener gestos y expresiones solidarias, admirativas y hasta ridículas hacia algunos “hermanos latinoamericanos”, incluso los más distantes. Había que acompañar al Presidente López Obrador, el recién llegado a la (muy decaída) corriente bolivariana, porque quizás en México se decida la suerte que habrá de correr esta en los próximos años (considerando el peso que todavía tiene a nivel diplomático su voto en los foros regionales e internacionales, y –Dios no lo quiera-- incluso como lugar de refugio si las cosas llegan a ponerse feas en un momento dado, como ya pudo constatar Evo morales).

Una cosa es clara: efectivamente hay una gran cercanía entre el gobierno mexicano y el argentino, es decir, entre Morena y esa mezcla de kirchnerismo y peronismo que intenta modular Fernández desde la Presidencia. De ello se desprende que, mientras algunos temen la venezolanización de México, en realidad lo que parece más cercano es que se sigan los pasos de Argentina en varios terrenos. Argenzuela, como llaman chuscamente a este modelo de país austral sus críticos, parece ejercer sobre el gobierno de AMLO una fuerte influencia.

Hace no mucho los morenistas recibieron con bombo y platillo la visita de Axel Kicillof, quien fuera ministro de Economía en el gobierno de Cristina Fernández y uno de los “cerebros” (es un decir) de los múltiples programas clientelares-sociales con los que la dinastía Kirchner ha pretendido eternizarse en el poder, y que tan atractivos resultan aquí (a pesar de que allá condujeron al país a la quiebra, porque al final ningún gobierno puede gastar irresponsablemente, así sea “para los pobres”, el dinero que no se tiene).

Siendo mucho lo que comparten, morenistas y peronistas kirchnerianos, era prioritario, suponemos, que el mandatario argentino recibiera una invitación para realizar una visita oficial a nuestro país en medio de lo que serían las celebraciones de un Día de la Bandera exaltado como el inicio, hace doscientos años, de la culminación del proceso de Independencia (bajo la batuta de un aspirante a emperador, Iturbide).

La declarada simpatía y admiración del presidente López Obrador por su par argentino, es en realidad plena coincidencia con un modelo estatista generador de atraso en todos los órdenes, un gobierno (también) enemigo de la prensa libre, promotor de una profunda “grieta” nacional (la gustada polarización de nuestros rumbos) y que por lo mismo cree que su compromiso es con la “gente de bien” (el “pueblo bueno” de acá).

Semejanzas hay muchas. Y es de suponerse que desde Palacio Nacional se querría que hubiera muchas más. Pero hay un pequeño problema que, con todo y que el Presidente López Obrador tenga otros datos, no se va a poder ocultar: Argentina vive un mal momento económico que, con la pandemia, se ha tornado crítico con una tasa de 11 por ciento de desempleo, desigualdad creciente, devaluación tremenda, deuda inmanejable....

Adicionalmente, parece estar en puerta una grave crisis política, entre otras cosas por la complicidad del presidente Fernández con la red de corrupción de los Kirchner, que ha quedado totalmente al descubierto con su principal operador ya juzgado y condenado por un sistema judicial que, aunque asediado, ha demostrado suficiente aplomo en este caso.

Argentina es un buen espejo en el que se puede ver el destino último de las políticas populistas: el fracaso de los planes y proyectos demagógicos, la corrupción galopante en nombre de los pobres, la farsa de los programas clientelares y un incontenible y peligroso deterioro institucional.

Ya para despedir a su invitado y como para que este no volviera a sus pagos con las manos vacías (puesto que fue una gira eminentemente ideológica donde sólo abundaron términos como “cooperación”, “alianza estratégica” y otros castillos en el aire), se anunció que el mercado mexicano se abrirá a las carnes argentinas. Una muestra de la enorme capacidad de improvisación que existe en Palacio Nacional. No sé si el gobierno de nuestro país tomó su parecer a los ganaderos, pero lo dudo. Y tampoco creo que ese gesto unilateral acelerará, por ejemplo, la apertura (comprometida desde hace años en los Acuerdos de Complementación Económica) del mercado de autos de Argentina.

Pero ya que hablamos de improvisación, podemos estar seguros de que en algún momento de este encuentro el Presidente Fernández le habrá explicado a su homólogo mexicano la última gran ocurrencia de su fantástico gobierno: un impuesto a la riqueza (una tasa impositiva a las fortunas que, paradójicamente, hará más pobre a la Argentina haciendo que muchos capitales huyan y que otros jamás vuelvan).

Más de un genio de Morena ya está pensando cómo instrumentarlo en México mientras nos llegan los bifes.

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