Nos encaminamos hacia un acontecimiento cívico, valeroso e inédito en todos los sentidos: la movilización de las mujeres mexicanas a través de un “no estar” que haga visible su situación, la inasistencia que resalte su presencia, el “no hacer” que consiga que se actúe. El próximo 9 de marzo ninguna se mueve, tal es la consigna que busca hacernos reflexionar como sociedad lo que se necesita para superar las diversas atrocidades que sufren las mujeres en nuestro país.

La violencia, maltrato y acoso que sufren diariamente se ha cobrado ya muchas vidas en un contexto de impunidad e insensibilidad por parte de los diferentes gobiernos (incluido este), que se han concretado en el mejor de los casos a “aliviar” con discursos y promesas la tragedia que no cesa.

Las agresiones contra ellas –es decir, nuestras madres, esposas, hijas, primas, tías, abuelas, vecinas y amigas– sumaban en 2018, de acuerdo con el Inegi, 16.7 millones. De estos delitos, sólo el 7% se investigó; y de ese porcentaje, únicamente entre el 5 y 7% de los agresores fueron presentados ante un juez. De esos 58 mil acusados la inmensa mayoría no enfrentó mayor castigo y de los castigados… En fin, todo lo empequeñece más y más la impunidad. (Datos en El Universal, 27 de febrero de 2020).

El momento es climático, como lo es el grado de indignación que manifiestan las mujeres frente a la desidia, inacción y a veces hasta cinismo y burla de las autoridades en todos los niveles de gobierno. Su convocatoria al paro nacional es un paso más en la búsqueda de que la voz femenina se instale en el espacio público y consiga materializarse en soluciones efectivas que, por lo visto, nuestros gobernantes no han tenido la voluntad política de impulsar seriamente.

Las mujeres enfrentan, adicionalmente, la incomprensión de un Poder Ejecutivo que ha deslizado en varias ocasiones la sospecha de que tras su movilización están los intereses del conservadurismo, la mano tenebrosa de la derecha y otros fantasmas que asechan la obra revolucionaria de la Cuarta Transformación. Y mientras se descalifica de esta forma la protesta que se avecina, a diario aparecen más cadáveres de niñas y mujeres, y a diario también se expone una visión banal de seguridad (“abrazos, no balazos”) que de seguir su curso superará con creces el número de muertes violentas de cualquier otro sexenio.

A la incomprensión de la Presidencia de la República, se suma la de sus empleados, no menos grosera e intolerante. El padre Alejandro Solalinde, un defensor (selectivo) de los derechos humanos, ha dicho que detrás de las recientes movilizaciones feministas hay una “mano negra” que busca hacerle el juego a los sectores que han perdido ventajas y privilegios, así como empañar al Gobierno de López Obrador. Este mismo activista religioso que sólo reacciona favorablemente ante las causas que comparten sus preferencias ideológicas, ya antes había descalificado o ignorado a los inmigrantes centroamericanos y a la Caravana por la paz (también movidas por “fuerzas oscuras”).

Por su parte, la secretaria de la función pública, Irma Eréndira Sandoval, gran tuitera, ha expresado su apoyo a la movilización de las mujeres (que por cierto no deben estar “tentadas a lavar platos y arreglar ropa”), pero no sin antes destacar que Andrés Manuel López Obrador, “aunque les duela, es el presidente más feminista de la historia”. Como esto ha sido muy cuestionado por quienes dudan del “feminismo” de un gobierno que deja a las mujeres sin guarderías, medicinas y que se va por las ramas en temas como el aborto, la funcionaria no tardó en ligar estas críticas a la acción perversa de la derecha, que está furiosa porque ha sido tocada en la lucha contra la corrupción que ella encabeza, como bien lo saben lo saben los más intachables funcionarios de esta administración, como Manuel Bartlett.

Convertida en ideóloga del feminismo lopezobradorista, la funcionaria ha dicho –con la grandilocuencia propia de las izquierdas bolivarianas– que “el feminismo será antineoliberal o no será”. Acto seguido ha enrolado en la ingeniosa categoría del fakeminismo todas las expresiones que no comulguen con esta máxima y que no rindan culto al patriarca de Palacio Nacional.

Así, la 4T se mueve en dos vías: la descalificación abierta y el apoyo sectario y excluyente que intenta decirle a las mujeres lo que “debe ser” el feminismo. ¿Acaso las mujeres conservadoras y neoliberales, donde las haya, no tienen el legítimo derecho a manifestarse por su seguridad, contra la violencia y el acoso? ¿Y las demás, aquellas a las que no les interesan estos calificativos u otros, pero que saben que hay que parar este horror? ¿Quién va a otorgar los “certificados” de “autenticidad” en materia de feminismo? ¿Y quién determinará qué es el fakeminismo? ¿La secretaria de la función pública? ¿Un comité de morenistas?

Los asesinos de mujeres, sus acosadores y quienes ejercen violencia contra ellas no distinguen jamás si sus víctimas son neoliberales, ateas, morenistas, budistas, panistas, veganas, de clase media, pobres o ricas. ¿Por qué las mujeres tendrían que atender estas diferencias para su organización?

Sería muy triste que las movilizaciones futuras de las mujeres se estancaran, dispersaran o dividieran a partir de prejuicios ideológicos o partidistas. Lo que las hace fuertes es su causa común. Y esa fortaleza es la única que nos puede hacer cambiar como sociedad. Lo mejor que nos puede pasar como país es que este 9 de marzo luchen todas, piensen en todas, sean todas.

ariel2001@prodigy.net.mx
@arielgonzlez
Fb: Ariel González Jiménez

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