Vehemencia y sosiego I

Ángel Gilberto Adame

La suerte de los primeros insurgentes no fue la misma para todos. El final de Mariano Abasolo está más cerca de una leyenda colonial que de un texto patrio. Manuela Taboada fue quien le dio ese matiz a su vida y muerte. Se trataba de una criolla adinerada y joven, perteneciente a una destacada familia del poblado de Chamacuero. Mariano estaba a punto de consagrarse a la Iglesia, de no ser por Ignacio Camargo, primo de Manuela y responsable de todo lo que vendría tras presentarlos.

El matrimonio Abasolo Taboada se consumó el 30 de junio de 1805. El choque de sus temperamentos sería el factor que los marcaría. Ella era enérgica y apasionada; él, dubitativo. Un año después concibieron a Rafael Abasolo Taboada, pasarían algunos años para que Manuela demostrara un arrobo más grande por su esposo que por su hijo. La pareja tenía ideales libertarios: Mariano engrosó las filas del cura de Dolores y Manuela entregó a Hidalgo 40 mil pesos en oro, producto de la testamentaría de su padre, con la promesa de ser restituidos.

De acuerdo con la narrativa de Guillermo Barba, Manuela vio partir al ejército libertador, que “más parecía una turba o una peregrinación que una marcha militar; al frente iba el padre Hidalgo sobre un hermoso corcel negro. Vestía pantalones, botas, larga casaca gris y un amplio sombrero de palma. (…) Le seguían dos filas de los dragones de la reina, perfectamente uniformados y alineados; después iban varios rancheros de a caballo en total desorden, y por último un monto de indios a pie. (…) Serán seiscientos u ochocientos hombres en perfecto desorden”.

Con las batallas, se conoció el carácter de Abasolo, quien no sólo se negaba a matar españoles, sino los ayudaba a escapar del baño de sangre que la insurgencia dejaba a su paso. Esto puso en alerta a su esposa, que cada día desconfiaba más del talante dictatorial que iba asumiendo Hidalgo y se empeñó en que Abasolo conociera sus sentimientos en diferentes misivas: “Esto anda muy malo con las cosas que han hecho, (…) con semejantes iniquidades de degollar a sangre fría a muchos inocentes, ¿cómo Dios ha de proteger? Esto es imposible: vergüenza es oír el valor de los de ese ejército, que viendo gente armada echan a correr y a los rendidos que se vienen a entregar sacarlos a degollar: ¡qué vileza! (…) Por Dios te pido, y por lo que más ames, que será tu hijo, que no sigas en esto”.

Arrepentido de haberse sumado a una causa cuyos medios no aprobaba, Abasolo buscó el indulto del general realista José María Calleja e intentó convencer al generalísimo que le permitiera desertar. Sin embargo, no tuvo tiempo de lograr su cometido, ya que formó parte de los cabecillas que fueron apresados en Acatita de Baján y llevados a Chihuahua. Mariano sintió caer el peso de las palabras de Manuela, y durante su juicio, el 26 de mayo de 1811, en un desesperado intento de salvarse, responsabilizó a Allende y a Hidalgo de los saqueos y asesinatos, y reveló el nombre de más implicados. Sobre su responsabilidad, declaró: “(Que jamás dio muerte) a nadie en combate ni fuera de él, antes por el contrario, en Guanajuato (…) encontró al capitán don Joaquín Valdez que medio muerto llevaban varios de la plebe, se los quitó, lo llevó a su casa, dispuso que lo curasen y a poco tiempo quedó sano y bueno, como puede declararlo”.

Manuela, acorde con sus arrebatos y pasiones, no cejó en sus esfuerzos por socorrer a su marido. Viajó hasta donde estaba Mariano, llevando su niño a cuestas y comenzó un calvario para recuperar lo imposible: la vida de Abasolo.

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