A lo largo de todo su mandato, Porfirio Díaz enfrentó a múltiples grupos oponentes, como indígenas, campesinos, obreros y algunos militares, sin embargo, por el poder que representaba el caudillo, la mayoría de ellos no significaron una amenaza real para el régimen y terminaron siendo sofocados por la fuerza del ejército. Quizá cuando, el 14 de agosto de 1905, a Díaz le informaron sobre las actividades de “un joven llamado Francisco I. Madero”, pensó que era un nuevo rebelde a quien aplicarle el peso de la ley.
La carta, resguardada en el Archivo de la Ibero, le llegó a Díaz a través de uno de sus colaboradores más cercanos, el también militar y entonces gobernador de Nuevo León, Bernardo Reyes. De la misiva se desprende que Madero no era desconocido para ellos, pues el gobernador le recuerda que es “nieto de Don Evaristo e hijo de Don Francisco, a quien seguramente usted también conoce”. El abuelo había sido gobernador de Coahuila en la década de 1880, mientras que el padre era un empresario prominente.
La relación que Reyes dio de Madero fue que era un hombre de entre “29 o 30 años” que “está al frente de unas propiedades agrícolas de su padre, en San Pedro de las Colonias, Coahuila, pudiendo contar con algunos 300 sirvientes”. Madero era, pues, una persona con recursos y mucha gente a su cargo. Este dato era sumamente importante, pues entre las ocupaciones del joven, Reyes reportaba el interés que tenía por las próximas elecciones; de hecho, era el presidente del club oposicionista de San Pedro.
Aparte del puesto y el apoyo con que podía contar el coahuilense, otra de las preocupaciones de Reyes sobre él era su temperamento, ya que “ni Don Evaristo ni Don Francisco […] le han ido a la mano en los últimos días, pues antes sí lo hicieron”. Es decir, era capaz de “provocar un escándalo de consecuencias”, ahora que sus familiares no habían podido detenerlo en sus acciones políticas.

La carta cerraba con una curiosa descripción sobre Madero. Según la opinión del gobernador, esta descripción física valía la pena “porque contribuye para formar juicio de él”. Sin embargo, dicho comentario no podía ser más arbitrario. Según opinaba, el coahuilense, “entre todos los de su familia, es el único a quien la naturaleza no protegió con sus dones, pues es raquítico y notablemente feo, lo cual lo inclina a sentir cierto despecho, explicable en esa clase de personas, y que las predispone a disgustarse fácilmente”. De esta manera, Reyes dejaba entrever su desprecio por el joven revolucionario y, al mismo tiempo, le demostraba la importancia que podía ganar con el respaldo de sus copartidarios.
Así, Díaz no ignoró la advertencia de Reyes. Su respuesta tiene fecha de 18 de agosto, únicamente cuatro días después. Aunque escueta, la misiva muestra el interés del general. En pocas líneas agradecía a su “compañero y amigo” por la información oportunamente proporcionada sobre “la personalidad de Madero” y agregaba que “aunque no se puede proceder contra él, sí será necesario no perderlo de vista a fin de caerle sin dificultad a la primera tentativa que haga”.
Reyes y Díaz no se equivocaron, ya que Madero siguió adquiriendo relevancia en el ambiente local en las próximas semanas de aquel agosto. De esta forma, en sus siguientes comunicaciones, el tema de conversación entre el presidente y el gobernador fueron las posibles acciones que tomarían contra él, quizá con el presentimiento de que el asunto podría salírseles de las manos si no actuaban a tiempo.

