Un doloroso legado II

Ángel Gilberto Adame

“En 1937, con apenas 28 años, Merced viró de nuevo el rumbo y optó por la lucha libre, situación común entre los boxeadores de la época”

Luego del derrumbe de la mina de arena el 17 de mayo de 1923, el extorero Merced Gómez García perdió la vida. Algunos señalaron que no sufrió asfixia, sino un golpe certero de alguna piedra que impidió el sufrimiento. El funeral congregó a figuras varias, políticos y taurófilos eran los sobresalientes, después de los fotógrafos que no se deban abasto por tener la mejor imagen de la capilla ardiente y del sepelio. En el lugar también se vieron periodistas, como el columnista especializado Rafael Solana “Verduguillo”, que bajaría a tinta lo que pasara primero por la vista.

Fue el mismo Verduguillo quien profetizó, sin saberlo, la mala estrella que seguiría a los nombrados Merced Gómez: “Deja una viuda y cuatro hijos, el mayor de los cuales cuenta trece años de edad: lleva éste, como su padre, el mismo nombre de Merced, y según sabemos, ya está dando los primeros pasos en la carrera taurina. ¿Heredará este chico el valor y la destreza de su progenitor? El tiempo se encargará de contestarnos esta pregunta”. El primero de los hijos del matador aparece en el Registro Civil como Apolinar, pero es probable que adoptara el nombre de Merced, y con ello selló su suerte.

La incursión en la tauromaquia de Merced Gómez y Aramburu fue decepcionante. Al poco tiempo adquirió gusto por el box. Aunque como pugilista destacó, sin embargo, en un enfrentamiento, adquirió una infección en un ojo debido al latigazo de una agujeta del guante de su oponente. Al parecer este mal lo aquejó silenciosamente por mucho tiempo. En 1937, con apenas 28 años, Merced viró de nuevo el rumbo y optó por la lucha libre, situación común entre los boxeadores de la época. En el pancracio tuvo un mejor desempeño y por su bravura se le concedió el mote del “Villano de Mixcoac”. Su acérrimo rival fue el “Murciélago Velázquez”, quien no gozaba del favor de la afición, pues solía aparecer, en los encuentros, portando serpientes o liberando murciélagos. Fue este personaje quien asestó su famosa patada “Filomena” —bautizada en honor a una mula que tenía por mascota— sobre el ojo afectado de Merced. El Murciélago juró haber visto el globo ocular de su contrincante pendiendo sobre la mejilla.

A pesar de que no se ha corroborado si el ojo fue cercenado, la lesión en éste aumentó al grado de provocarle otros estragos que comenzaron a mermar su salud mental. El 5 de julio de 1940, a tres años de haber comenzado su prominente carrera, se publicó una nota que confirmaba el retiro del luchador. Al respecto su madre comentó: “Todos los Merced tienen final en la cruz”. Las afecciones de Merced no tardaron en llevarlo a caminos más oscuros: “Las enfermedades en los ojos y las herencias familiares estallaron tempestuosamente en su cerebro […] y lo desequilibraron por completo hasta enloquecerlo”. Se dice que fue confinado en un psiquiátrico y que no volvió a salir, otros afirman que volvió a su casa en Mixcoac, esto hace que el final del “Villano de Mixcoac” sea impreciso, pues incluso no hay, a la fecha, una fuente confiable sobre su muerte.

La triste fortuna del padre y del hijo podría tener su origen en las acciones de Merced Gómez Alba, el progenitor del torero quien, en 1913, se prestó a los intereses de Victoriano Huerta y testificó, falsamente, que cuando estaba departiendo con cuatro amigos, vio a un grupo de personas armadas por la zona de Lecumberri. Esta aseveración era necesaria para cubrir el asesinato de Madero y Pino Suárez a manos de los golpistas e incriminar a los maderistas. Así pues, comenzó a trasmitirse el doloroso legado de Merced en Merced.

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