Los viajes de Victoriano Huerta I

Ángel Gilberto Adame

La desconfianza de Madero y el recrudecimiento de una enfermedad ocular, obligaron a Huerta a trasladarse a la capital

En 1877, al graduarse de manera destacada del Cuerpo de Ingenieros del Colegio Militar, el joven teniente Victoriano Huerta se ganó el derecho de participar en un programa de instrucción complementaria en Alemania; sin embargo, la precaria salud de su madre y las necesidades económicas de su familia, le impidieron aceptar la beca. Esta decisión lo marcó y tendrían que pasar 35 años para que lograra conocer el extranjero.

El 13 de agosto de 1912, tras la toma de Ciudad Juárez, Huerta, como jefe de los ejércitos del norte, destrozó la rebelión de Pascual Orozco. Este hecho lo llevó a residir por un tiempo en esa urbe fronteriza, preámbulo de su primer viaje fuera del país.

El miércoles 3 de septiembre el coronel Alberto Branniff, el general Joaquín Téllez, el cónsul Enrique C. Llorente, entre otras personalidades, le ofrecieron al héroe de Bachimba una cena en The Sheldon Hotel, ubicado en El Paso.

Un día después, el coronel Edgar Z. Steever y una comitiva compuesta por dos mil efectivos del décimo quinto batallón de infantería cruzaron a territorio mexicano para reunirse con Huerta. Los diarios reportaron que fueron recibidos por una banda que tocaba “Star Spangled Banner”. Más tarde, los visitantes se encaminaron al cuartel del jalisciense y se sirvió un almuerzo con champagne.

Las gentilezas no pararon durante el convite. “Les admiramos y les consideramos especialmente a cada uno de ustedes”, dijo Huerta. Para su sorpresa, Steever le respondió en perfecto español: “Ofrecemos nuestro más sincero agradecimiento por las cortesías y devolvemos nuestro cálido respeto a usted, a los oficiales y los soldados de su ejército”.

Al día siguiente, Huerta volvió a reunirse con Steever, ahora en Fort Bliss. Un regimiento de caballería, la ejecución del himno nacional y los disparos de trece cañones lo saludaron. Luego, se dirigieron a la residencia oficial donde nuevamente el champagne y el acento lúcido de Steerver marcaron el encuentro. Antes de dejar la casa, Huerta le dijo a la anfitriona: “Hemos estado muy contentos en su casa y nos gustaría quedarnos más tiempo. Esperamos tener la oportunidad de volver donde hay una mujer tan encantadora”.

Dentro de los temas tratados, se acordó que ambos batallones resolvieran unidos las disputas contra los indios nativos de la zona y la autorización para que el ejército federal, en caso de ser necesario, transitara por territorio texano para combatir a las gavillas orozquistas que asolaban Sonora.

Al narrar ambos banquetes, la prensa hizo patente la diferencia entre la hospitalidad de Huerta y la de Steever, resaltando que el general mexicano no fue correspondido con el mismo boato con el que él recibió a los estadounidenses.

Mientras Huerta conocía el estado de la estrella solitaria y organizaba espléndidos festines amenizados por orquestas compuestas por casi una centena de músicos, en la Ciudad de México se acrecentaron los rumores que cuestionaban su fidelidad a Madero. Al respecto, un periódico publicó: “Victoriano Huerta negó enérgicamente el conocimiento de un supuesto complot para encabezar una revolución y refrendó su lealtad al gobierno. Huerta, quien comanda las fuerzas enviadas contra Orozco, afirmó que realizaría una última celebración, pero que sería meramente por las fiestas patrias”.

Así, antes de despedirse, el general encabezó una verbena en la que desfilaron más de mil soldados de ambas nacionalidades, y “cientos de jóvenes y señoritas disfrutaron de la suave música mexicana que se interpretó para la ocasión”, mientras los “vivas a la patria” se escuchaban una y otra vez.

Días después, la desconfianza de Madero y el recrudecimiento de una enfermedad ocular, obligaron a Huerta a trasladarse a la capital. Nunca imaginaría que, tan solo tres años después, regresaría a Fort Bliss en circunstancias distintas y, en definitiva.

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