Los falsos pasos de López II

Ángel Gilberto Adame

El montaje de su nacimiento en Atizapán resultó un eficaz señuelo para dar una pista falsa y descartar la pesquisa de expedientes en el lugar adecuado

Para resolver el misterio del nacimiento de Adolfo López Mateos, Javier Sanchiz Ruiz y Juan Gómez Gallardo se sumergieron en un cúmulo de relaciones parroquiales. Primero comprobaron que las versiones de su nacionalidad guatemalteca no tenían sustento. Pese a ello, persistía un halo que enturbiaba las circunstancias de su origen y los investigadores dieron con los siguientes hechos.

Del enlace López Mateos resultaron al menos dos hijos, antes de que Mariano Gerardo López falleciera el 11 de marzo de 1904. Ya en 1907, Elena Mateos registró a una hija más, Esperanza, descrita como hija natural. En enero de 1911, Elena acude de nuevo al Sagrario Metropolitano a bautizar a su último hijo, un niño de tres años: Adolfo Felipe Neri Mateos con la misma etiqueta de ser concebido fuera del matrimonio y nacido en la Ciudad de México, no en el Estado de México como indicaría después la historiografía oficial. En este documento se asienta que la fecha del parto fue el 26 de mayo de 1908. La madre todavía tardó un año más en inscribir ante las autoridades civiles a su hijo, a quien decidió sólo imponer el nombre de Adolfo.

Las sombras que acompañan el nacimiento del exmandatario parecen obedecer a la necesidad del incipiente político de evitar las burlas de la época por no provenir de un matrimonio consolidado. Además, la figura incierta de su progenitor ponía en riesgo su futuro, ya que algunas cartas apuntan que, un comerciante vasco, llamado Gonzalo de Murga Suniaga, con quien Elena tuvo una relación afectuosa, pudo ser el padre de Esperanza y Adolfo. Este parentesco hubiera sido un obstáculo para alcanzar la silla presidencial, dado que el artículo 84 constitucional establecía que: “Para ser presidente se requiere: Ser ciudadano mexicano por nacimiento en pleno goce de sus derechos, e hijo de padres mexicanos por nacimiento.”

Ante este panorama, el joven Mateos consiguió un acta apócrifa y antedatada del notario Soto y Gama con el objetivo de ser cobijado bajo el apellido López. Esta confabulación pudo acontecer en la época de los 20, cuando su nombre empezó a destacar en los concursos de oratoria. La trama fue tan bien urdida que la falsificación da por cierta la firma de dos muertos: Mariano López, el padre, y José Prefecto, el abuelo materno. Con esta fingida documentación, acudió ante el fedatario Rafael Enríquez para obtener crédito de la existencia del testimonio y así ungirlo de validez oficial. Así, el montaje de su nacimiento en Atizapán resultó un eficaz señuelo para dar una pista falsa y descartar la pesquisa de expedientes en el lugar adecuado.

No conforme con todas estas confusiones, su muerte también se rodeó de bruma. Según algunas fuentes, al terminar su mandato, Adolfo Mateos optó por el corazón y se casó por la iglesia, el 5 de abril de 1965, con Angelina Gutiérrez Sadurni y tuvo dos descendientes. Pero Eva Sámano, quien fungió como primera dama, nunca concedió el divorcio, por lo que conservó su carácter de esposa. Dos años después, la fatalidad se cernió sobre él, cuando lo sorprendió una migraña al visitar a su hija adoptiva Eva. Esto facilitó a la “Gran protectora de la infancia” tomar control sobre los bienes de su antiguo compañero, pues su sintomatología derivó en un aneurisma que lo dejó en coma hasta su deceso el 22 de septiembre de 1969. Nuevamente los biógrafos fueron reticentes en los hechos y, con su silencio, desparecieron a Angelina y sus hijos.

Aún post mortem, la ironía política lo alcanzó; en tiempos en que es ensalzado por la nacionalización de la industria eléctrica, mientras unos perciben con denuesto ser nombrados López a secas, Adolfo Mateos vio en este apellido, la clave de su éxito.

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