Las gárgolas de la corona III

Ángel Gilberto Adame

El renovado prestigio de los conspiradores de Querétaro fue efímero, Iturbide siempre les manifestó su desprecio

Luego de consumada la emancipación el 27 septiembre de 1821, la joven nación fue la única de las antiguas colonias españolas que adoptó la monarquía como régimen de gobierno, con la particularidad de que no había soberano a quien ceñirle la corona. Mientras algún príncipe europeo aceptaba el trono, el criollo Agustín de Iturbide asumió de facto la máxima autoridad.

Meses antes, la liberación de los restos enjaulados de los primeros insurgentes produjo el júbilo de la población: “Las músicas recorrieron las calles en todas direcciones, llevando a su cabeza a los ilustres caudillos, el mismo Anastasio Bustamante, don Luis de Cortázar y don Joaquín Parres; las campanas de todos los templos se echaron a vuelo, las casas se adornaron con espontaneidad y lujo inusitados”.

No obstante, el renovado prestigio de los conspiradores de Querétaro fue efímero, ya que Iturbide siempre les manifestó su desprecio: “En al año 10 era yo un simple subalterno: hizo su explosión la revolución proyectada por don Miguel Hidalgo (…) quien me ofreció la faja de teniente general. La propuesta era seductora para un joven sin experiencia y en la edad de ambicionar; le desprecié sin embargo porque me persuadí a que los planes del cura estaban mal concebidos; ni podían producir más que desorden, sangre y destrucción (…). El tiempo demostró la certeza de mis predicciones. Hidalgo y los que le sucedieron, siguiendo su ejemplo, desolaron el país, destruyeron las fortunas, radicaron el odio entre europeos y americanos, sacrificaron millares de víctimas, obstruyeron las fuentes de la riqueza, desorganizaron el ejército, aniquilaron la industria, (…) y lejos de conseguir la independencia, aumentaron los obstáculos que a ella se oponían”.

Pese a ello, en la lucha por el poder, Iturbide entendió que debía fortalecer su carácter de libertador y buscó ser arropado por un séquito de próceres. Así, en la sesión legislativa de 1° de marzo de 1822 se propuso “que, para manifestar la gratitud de la nación, y perpetuar la memoria de los héroes de nuestra libertad e independencia (…) se pongan en el salón de este soberano Congreso los bustos de los inmortales Hidalgo, Allende, Morelos, y Matamoros, colocándose en el centro el del caudillo del Ejército Trigarante, como consumador de tan grande obra”.

Ya ungido emperador Iturbide, el 13 de agosto se honró a quienes “dieron libertad a este imperio” y se declaró como “buenos y meritorios aquellos servicios que se prestaron en los once primeros años de insurrección”.

Tras la instauración de la república federal, los nuevos mandamases se deslindaron del legado iturbidista y santificaron a los hombres del Bajío. De esta manera, el 19 de julio de 1823, el Congreso instituyó, entre otros, “beneméritos de la patria en grado heroico, a los Sres. D. Miguel Hidalgo, D. Ignacio Allende, D. Juan Aldama, D. Mariano Abasolo (y) D. José Mariano Jimenez”.

Además se ordenó “el desagravio de sus cenizas” mediante la respectiva exhumación, la purificación del “terreno donde estas víctimas fueron sacrificadas”, cerrándose “con árboles y en su centro se levantará una sencilla pirámide, que recuerde a la posteridad (su) nombre” y el traslado de “la caja que encierre los venerables restos” a la capital el 17 de septiembre, “con toda la publicidad y pompa dignos de un acto tan solemne, en el que se celebrará un oficio de difuntos con oración fúnebre”.

Con esta vuelta de tuerca, después de 12 años de haber perdido la cabeza, el destino convocaba a Hidalgo a nuevas andanzas, aunque su espíritu gozaba del consuelo de ser el único y verdadero Padre de la Patria.

TEMAS RELACIONADOS

Comentarios