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Las gárgolas de la corona I

Ángel Gilberto Adame

A pesar de la solicitud del Tribunal Eclesiástico... tanto el virrey Venegas como el militar español decidieron que el cuerpo de Hidalgo fuera decapitado

La mañana del 30 de julio de 1811, Miguel Hidalgo se hallaba frente al paredón situado en el corral del Real Hospital Militar de la villa de Chihuahua. El pelotón se integraba por 12 soldados realistas dirigidos por el teniente Pedro Armendáriz. La ejecución fue cuidadosa, pues el brigadier Félix María Calleja dispuso “no disparar arriba de los hombros”. A pesar de la solicitud del Tribunal Eclesiástico que se “mitigase la pena, no imponiéndole la de muerte ni mutilación de miembros”, tanto el virrey Venegas como el propio militar español decidieron que el cuerpo de Hidalgo fuera decapitado, siguiendo el destino que habían corrido, un mes antes, Allende, Aldama y Jiménez.

En el certificado correspondiente se da cuenta que el cura “fue pasado por las armas (…), secándose su cadáver a la plaza inmediato en la que, colocado en tablado a propósito, estuvo de manifiesto al público, todo conforme a la referida sentencia, y habiéndose separado la cabeza del cuerpo en virtud de orden verbal del (…) Jefe (Salcedo), se dio después sepultura (al resto) por la Santa y Venerable Hermandad de la orden de (…) San Francisco”.

Se dice que, “como nadie se atrevía a cortarle la cabeza se contrató a un indio tarahumara, al que se le ofrecieron 25 pesos”. Ya separada del tronco, la testa comenzó su propia historia.
Primero se mantuvo en exhibición hasta el 4 de agosto. Luego, preservada en sal, comenzó una travesía hacía el Bajío, conforme al deseo de Venegas que los despojos fuesen expuestos donde los jefes rebeldes perpetraron sus crímenes.

Así, a mediados de agosto, las reliquias del párroco alcanzaron a las de sus compañeros en Zacatecas. Ahí permanecieron algunas semanas en una lúgubre muestra. El efecto de reunir a los cuatro líderes no se hizo esperar. Parte de la población se sublevó, diferentes correrías retrasaron el viaje de la macabra muestra.

El 3 de septiembre, el teniente José López sometió los levantamientos y la caravana tomó rumbo hacia Aguascalientes. La carga fue vigilada por un batallón al mando del capitán Agustín Núñez. La peregrinación continuó hacia Lagos, donde detuvieron su marcha en el ayuntamiento y expusieron las cajas mortuorias por un mes. Bajaron a León con 25 jinetes, de nuevo se colocaron en Silao en el atrio de la parroquia, donde “el padre don José Ignacio Gutiérrez se mantuvo de hinojos durante horas interminables, frente a los miembros mutilados y cubiertos de sal”. 

Al fin llegaron a la ciudad de Guanajuato el 14 de octubre. Calleja escribió en su informe: “He mandado que, con el aparato posible, se presenten (las cabezas) al público con una proclama alusiva a las circunstancias; y me parece conveniente que, respecto a la mayor seguridad que hay y debe existir siempre en esta ciudad, se fijen en ella por ser la capital de la provincia”. Esta decisión modificó los planes del virrey, “pues de enviarlas a Dolores y San Miguel el Grande, se exponen a ser quitadas por las gavillas de insurgentes en algunas de sus entradas”.

Según Lucas Alamán, “un cura predicó al pueblo reunido un sermón, lamentando la suerte a que la insurrección había arrastrado a Hidalgo, los males que este había causado y exhortando a todos a apartarse de la revolución que aquel había promovido y le había conducido a la ruina”.

Por órdenes de Calleja, parte de quienes fueron los primeros héroes se exhibieron permanentemente en la Plaza Mayor de la metrópoli. Parecía que su peregrinaje había concluido, pero el espíritu del intendente Juan Antonio de Riaño demandaba un escarnio de mayor altura. 

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