El proceso de Elías Migoya causó gran interés entre el público, no sólo por las contradicciones entre los diarios, sino también por las reveladoras declaraciones del sospechoso. Para el día 10 de enero de 1910, la prensa anunció con cautela que “tales han sido las revelaciones que ha hecho [Migoya, que] parece que, en el apoderamiento de los veinticinco mil pesos, está mezclada una persona emparentada con la difunta Catalina Pacachard”.

Esta persona supuestamente era Enriqueta Torres, quien en un inicio era presentada como hija de la finada, pero que resultó ser la nuera de Eulogio Rodríguez. Ella había comisionado a Migoya para retirar los fondos y depositarlos en un banco de La Habana, “en cambio del servicio, le ofreció mil pesos”. Luego de esta acusación, ella acudió al juzgado para negar su complicidad en el robo.

Días después, algunas notas aseguraron que Pacachard tenía dos descendientes a quienes podría corresponderles el dinero hurtado. Rodríguez no negó la existencia de estos posibles familiares, lo que provocó que un juez declarara que los veinticinco mil pesos de la señora quedaban intestados y retenidos hasta el juicio sucesorio. En ese mismo periodo se dictó auto de formal prisión contra el joven Migoya y se publicó otra declaración suya: “que la firma del documento que obra en su poder fue falsificada por […] don Eulogio y que todo esto le consta a doña Enriqueta Torres”.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame

La prensa y los lectores estaban confundidos, ya que Migoya previamente había dicho que “al mostrársele el referido vale, lo reconoció y manifestó que de su puño y letra había llenado el esqueleto”. De cualquier forma, las acusaciones fueron negadas tanto por la nuera como por el anciano. Sin embargo, el 25 de junio, a seis meses de que se abriera el caso, este se tornó aún más complicado.

Algunos periódicos señalaron que “no solo él [Migoya] es responsable del delito, sino también Rodríguez, puesto que se puso de acuerdo con el declarante para estafar a la señora Catalina”. “Dijo que el octogenario había falsificado el cheque y que se lo entregó para que lo cobrara, advirtiéndole que de esa suma podía disponer la mitad”. El joven recibió el talón falsificado, “pero queriendo él quedarse con toda la cantidad, a su vez falsificó otro, devolviendo el primero a Rodríguez, a quien dijo que tenía miedo de hacer la operación, con el objeto de obrar por cuenta propia y no tener que partir con don Eulogio el dinero”. Agregó que “según sabe, Pacachard murió envenenada”.

Rodríguez fue citado para ser interrogado nuevamente, resultando inconsistencias con sus testimonios anteriores, ya que en un inicio dijo que él y la fallecida “hacían vida marital sin estar casados, pero después ha dicho que sólo era su administrador y socio”. A pesar de sus intentos, “el anciano no pudo demostrar lo que se proponía”, por el contrario, “recaen sospechas terribles que, en caso de confirmarse, le traerían un gran castigo”.

Más tarde se decretó su detención en la cárcel de Belén, donde también se encontraba Migoya, “por resultarle culpabilidad como coautor en la falsificación del vale”. Aunque no se demostró que asesinara a Pacachard, en la memoria del público permaneció la sospecha sobre su posible responsabilidad en dicha muerte. Enriqueta, por su parte, fue absuelta de todos los cargos.

Finalmente, el caso se selló con una nota de "The Mexican Herald" del día 19 de octubre, donde se dijo que se archivaron las acusaciones, sin revelarse el destino de los veinticinco mil pesos sustraídos.

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