La otra pasionaria

Ángel Gilberto Adame

Nelken escribió algunas obras feministas y, gracias a sus aguerridos discursos y a su actitud beligerante, comenzó a crearse fama de incendiaria

La vida de Margarita Nelken es un ejemplo de las consecuencias, no sólo profesionales, sino personales, de anteponer el compromiso ideológico radical a ultranza. Descendiente de una familia de judíos alemanes radicados en Madrid, Nelken nació, cerca de la Puerta del Sol, el 5 de julio de 1894; su genealogía fue parte de su defensa política y social. Desde muy temprana edad, Margarita sobresalió por su agudeza mental. Siempre tuvo debilidad por el arte, a los 15 años publicó un ensayo sobre Goya. Pese a esto, el cambio de siglo y las circunstancias sociales de España despertaron en ella una pasión más profunda: la militancia política.

Durante la Segunda República, la madrileña ingresó al PSOE y ganó en tres ocasiones la diputación de Badajoz. En ese tiempo, Nelken tuvo dos hijos con Martín de Paul, Santiago y Magda. Escribió algunas obras feministas y, gracias a sus aguerridos discursos y a su actitud beligerante, comenzó a crearse fama de incendiaria. Viajó a algunos países nórdicos y a la URSS, donde refrendó su ideología. Pronto abrazó el estalinismo y estuvo de acuerdo en que su hijo Santiago se enlistase en el ejército soviético, lo que le ganó la desconfianza de los sectores republicanos más moderados.

Al volver a su país, retomó la política activa, pero la hostilidad de la guerra se sentía y, al estallar el conflicto bélico, Margarita huyó con su hija, primero a una corta estancia en París y luego a México, donde arribaron el jueves 2 de noviembre de 1939, junto con parte del éxodo español.

Su vida sufrió un giro radical. Algunos, que en otro tiempo la habían apoyado, le dieron la espalda por su exaltada defensa de Stalin. Sufrió ataques tanto por su liberal vida sexual, como por las acusaciones que le atribuían un carácter sanguinario. Mientras tanto, el franquismo la condenó en ausencia por los delitos de francmasonería y comunismo. Al comienzo de su nueva vida en nuestro país colaboró escribiendo artículos políticos en diarios de izquierda, pero luego se refugiaría en la crítica de arte.

Celebró la muerte de Trotsky y participó en la “operación Gnomo”, una delirante y fallida conspiración del Servicio de Inteligencia Soviético para lograr la evasión de Ramón Mercader. Debido a su mala reputación, fue expulsada del Partido Comunista y antiguos camaradas como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, entre otros, la vetaron del medio artístico cultural, lo que afectó su economía al ver limitado su trabajo.

Por desgracia, el tiempo cobraría a Nelken sus convicciones políticas. Julián Gorkin relata la suerte del hijo que ella dejó en Rusia pues, más que ser parte del ejército, funcionaba como rehén político. Así, la mujer tuvo que colaborar con los servicios de inteligencia soviética (de allí su relación con los orquestadores del asesinato de Trotsky). Con el paso de los meses, Nelken empezó a sospechar de los telegramas que recibía de su hijo, donde éste le explicaba que todo estaba bien. Apresuró los trámites para traer al hijo a México y terminó por enterarse de la verdad: Santiago había muerto hacía más de un año.

Gorkin cuenta que: “En uno de mis viajes me pidió una entrevista secreta. ‘Cuánto mal le he hecho —me dijo—, pero lo he pagado caro. La Santa Inquisición y la Compañía de Jesús son unos monaguillos al lado de la GPU (Policía Secreta Soviética)’. Sin embargo, se negó a escribir el libro con las revelaciones que ella podía y debía hacer: temía por su vida y por la de su nieta”. Nelken nunca pudo regresar a España, y murió el 8 de marzo de 1968 con el precio de sus decisiones. Hoy la cubre el olvido.

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