La muerte de un decadente

Ángel Gilberto Adame

Sus compañeros de generación Alberto Leduc, Ciro B. Ceballos y Rubén M. Campos eran los que insistían más por un homenaje para Ruelas

El 17 de septiembre de 1907, el canciller Ignacio Mariscal recibió un cable de la legación en París con la noticia necrológica de Julio Ruelas. Sorprendido, el ministro se lo comunicó a Justo Sierra, secretario de Instrucción Pública. De acuerdo al mensaje, el prometedor artista abandonó su cuerpo a causa de la tuberculosis. 

El infausto acontecimiento se dio a conocer en los diarios hasta la tarde del día siguiente. La opinión pública estaba realmente conmovida, ya que no se tenían indicios negativos acerca de la salud del pintor. Los periodistas, impactados, no encontraban la forma más oportuna de redactar el obituario: “Con bastante pena hay que consignar la triste noticia; de improviso, como una puñalada a mansalva: ¡Se murió Julio Ruelas!” 

En un principio, el padre de Julio, el influyente político Miguel Ruelas Barrón, responsable de la diplomacia con Bélgica tras el fusilamiento de Maximiliano, lo matriculó en el colegio militar de Chapultepec, sin que presentara habilidad alguna para las armas, por lo que abandonó la milicia para dedicarse a las artes. El mismo Ruelas Barrón, al comprobar los talentos de su hijo, lo envió a Alemania para continuar su preparación. Al volver, ilustró la legendaria Revista Moderna. En 1904 obtuvo una beca del gobierno para estudiar en Francia.

Pronto se conocieron mayores detalles. Su buen amigo Jesús E. Luján narró sus últimos días: “Durante una excursión que hicieron él y Ruelas al Balneario Deauville, se había éste enfermado gravemente de una congestión pulmonar. Los médicos del Balneario lo atendieron cuidadosamente, sin que llegara a desaparecer el peligro, habiéndose trasladado después a París, donde lo atendieron algunos de los principales facultativos. (…) la enfermedad pudo haber degenerado en una tisis galopante”. Sin embargo, por la rapidez de su deceso, algunos dijeron que su muerte obedeció al delirium tremens que culminó su extravagante vida. Esta teoría empataba con las piezas inquietantes que Ruelas había creado a partir de láudano, ajenjo y alcohol. También se especuló sobre la llegada del cadáver para la inhumación en su patria.

El gremio artístico estaba de luto, desaparecía su mejor representante a los 37 años. La obra del zacatecano, marcada por la perversidad y el pesimismo que forjó al decadentismo y dibujos consternantes donde reinan la mujer y la muerte, dividieron a la sociedad porfirista. Alfonso Reyes afirmó: “Es satánico, como Baudelaire, y es, como él, aunque de menor intensidad, cristiano negativo. Es lascivo, porque la lascivia es pecado, que si no sería un amante. No sabe, como el amante, del goce de la fecundidad, su amor es doloroso y estéril”. La mirada de Nervo era distinta: “La inspiración de Ruelas complácese en la sombra, en la angustia, en el tormento… Es dantesca por excelencia. Viene del Infierno (…). Nadie como él ha sabido traducir el dolor, un dolor que eriza los cabellos, que hace pensar en un mundo fantasmagórico de suplicios (…). Las veladas en su honor no se hicieron esperar: Sus compañeros de generación Alberto Leduc, Ciro B. Ceballos y Rubén M. Campos eran los que insistían más por un homenaje para Ruelas.

Al final, sus restos permanecieron en París, en cumplimiento a un singular augurio del malogrado joven: “Que me sepulten en el Cementerio Montparnasse. Y si no es mucho pedir consiga usted una fosa contigua a la barda que da al boulevard para que desde allí pueda yo descansar oyendo el taconeo de las muchachas del barrio”. Desde ahí, en espíritu, Ruelas se sumó a la bohemia de los Années Folles de la Ciudad Luz. 

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