El 21 de julio de 1877, algunos periódicos de la capital publicaron una nota necrológica donde se lamentaba la muerte de Juan Hidalgo, de 50 años: “Hoy a las nueve de la noche falleció en la miseria el Sr. D. Juan Hidalgo y Costilla, nieto del caudillo de Dolores. Su esposa, hija, hermanos y personas de estimación lo participan a usted con el más profundo dolor, suplicándole ruegue al Ser Supremo por el eterno descanso de su alma”. En el acta respectiva se indicó como causa del deceso una “falla orgánica en el corazón”. Así concluyó la existencia de un hombre que siempre tropezó con su apellido.

Pocas noticias se tienen de los primeros años de Juan. Las referencias a su linaje aparecen en su acta de matrimonio con Leona Yturbe, con quien procreó una hija. Él tenía 40 años, ella, 29. Pronto su herencia familiar lo llevó a buscar fama y fortuna. Integrado a la milicia, participó en el combate de Cerro Gordo, durante la invasión de los Estados Unidos, ostentando el cargo de sargento primero del batallón de granaderos. También se le reconoció su participación en las batallas de Churubusco, Molino del Rey y la defensa de Chapultepec, de donde salió gravemente herido.

Desilusionado del gobierno liberal, sus ideales lo llevaron a adherirse, en 1863, a la “intervención y dio un voto de gracia a S. M. el emperador de los franceses, por haber salvado a nuestro país de la ruina en que pasiones de partidos la habían precipitado”. Así, engrosó las filas de Miguel Miramón como segundo ayudante de caballería. No fue el único con el legado independentista que creyó en el imperio, Juan Nepomuceno Almonte, hijo de Morelos, también se sumó a la causa.

Sin embargo, la historia puso a Juan del lado equivocado. Si bien su apoyo al emperador le valió una pensión, fue apresado por las fuerzas de Mariano Escobedo tras la toma de Querétaro el 15 de mayo de 1867. Su apellido le salvó la vida, aunque fue defenestrado y vio cómo la gloria de su abuelo le daba la espalda, orillándolo a la ignominia. En 1869 dirigió una carta a la Revista Universal, en la que exponía su agravio por no tener un pago adecuado por los servicios de su familia y se quejaba de que la hija del general Zaragoza sí disfrutaba de una sustanciosa dotación, irónicamente este pago fue decretado por Maximiliano.

De acuerdo con el estudio de Sanchiz y Gallardo, el gremio periodístico apoyó las peticiones de Juan, incluso, él dirigió una carta a Juárez: “Este remitido (espero que) llegue a los oídos de tan liberal presidente en la calidad de serlo también de la junta patriótica: que, no habiendo hasta ahora recibido el vástago del primer héroe de 1810, los cien pesos (…) en memoria de los que nos dieron patria y libertad (…). El prestigio de que ustedes disfrutan como buenos mexicanos, es el que creo más análogo para que hecha por su conducto, esta publicación, corresponda a los deseos (…) de aliviar en algo las miserias que lamento, pendiente aún de volver al goce de mi pensión por la magnanimidad del soberano congreso”. Sus ruegos le valieron sólo pingües gratificaciones, pero nunca la cantidad que tanto impugnó y que, en cambio, otros parientes de él sí cobraban.

El día de su entierro, su hermana Guadalupe, compadecida por el ninguneo, decidió erigir una estatua en la tumba del finado Juan. La señora Hidalgo, según “La Patria”, acudió con el escultor Bocanegra para solicitar el monumento, éste “impuesto de la pretensión de la señora y del nombre del difunto, le dijo que no podía permitir que el nieto de Hidalgo, que nos dio patria y fue el primero que inició la Independencia, llevase un pobre monumento de piedra chiluca” y se ofreció a donar la obra. Es difícil constatar si el escultor cumplió su palabra, ya que el panteón Campo Florido también desapareció debido a las constantes quejas de los vecinos ante el hedor que expedía la necrópolis. Así, la historia de este descendiente del cura de Dolores se perdió por completo. Esto bien podría resultar trágico si no se tratara de un embuste.

Nuestro personaje no fue nieto del prócer de la patria. Parte de una confabulación que incluye sobornos a curas y alteración de partidas parroquiales provocó que José Antonio Juan Evangelista Reyes Aboytes desapareciera y diera inicio el mito de Juan Hidalgo y Costilla.

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