La calle de Vanegas

Ángel Gilberto Adame

Vanegas no siguió la misma suerte que la gran mayoría de las calles del Centro Histórico y no mereció ser incluida en el ideal vasconcelista de tener a toda América realmente unida

Las calles del Centro Histórico se han transformado constantemente tanto en lo físico como en su nomenclatura y han sido testigos de innumerables hechos. Entre la actual Mixcalco y República de Guatemala, el linde entre la plaza de Loreto y el convento de Jesús María, cerca del antiguo callejón Amor de Dios, se encuentra una de las arterias menos estudiadas por los cronistas: la de Vanegas. 

José María Marroqui, en su Historia de la Ciudad de México, señala que los nombres de las vialidades respondían a referentes para los habitantes como iglesias, conventos, comercios o por el nombre de algún vecino ilustre. Muy probablemente, esto último fue lo que sucedió y en algún momento hubo un Vanegas sobresaliente. En su nacimiento esta vialidad ocupaba un único bloque que colindaba con otras dos manzanas: Garay y Zeballos. El paso del tiempo demostró que el misterioso señor Vanegas era más acaudalado de los tres porque los acabó absorbiendo, resultando una avenida de tres cuadras.

Es curioso que en ese pequeño espacio durante el siglo XIX ocurrieran los hechos más diversos. En ella había casas habitación, al igual que juzgados y una multiplicidad de giros comerciales: vinaterías, lecherías, casas de empeño, tlapalerías, un popular lugar de renta de carrozas, pulquerías, boticas y estanquillos. 

José Joaquín Fernández de Lizardi la utilizó como escenario de Vuelve Juanillo a visitar a su tío, quien en la voz del protagonista describe la zona: “En las calles principales hay muchos faroles y cuidado con ellos, y en los barrios y albarradas casi obscuras. Pues, tío de mi alma, todos pagan y contribuyen para el aseo, la limpieza y seguridad de la ciudad, los del centro y los de los suburbios; pero ya se ve, en el centro viven los señores (…) Hay parajes donde no puede usted salir solo y seguro a las nueve de la noche, porque el sereno no aparece en su respectivo lugar”.

De entre sus lugareños resaltan Matías Romero, que siendo ya secretario de Hacienda, tenía su domicilio en la segunda cuadra. Más tarde, el mismo Marroqui llegó a vivir ahí. Otro ilustre fue Ireneo Paz, quien se estableció con su familia desde 1873, e instaló la imprenta del Padre Cobos, lugar donde se estampó un borrador del Plan de Tuxtepec.

La calle era el teatro de la cotidianidad de la capital, una vez se encontró a dos soldados golpeando a una pareja, otra un piquete de policías acorraló a un prófugo armado. Uno de los acontecimientos más sonados fue cuando la Inquisición aprehendió a un mozalbete que en plena vía cantó: “Nadie se valga de Dios/ Dios no es bueno para nada/ quien se valiera de Dios/ su alma será condenada”. En el juicio se le cuestionó al joven el por qué de su acción y éste respondió que estaba cantando coplas con amigos y era la que se sabía. 

Como la gran mayoría de nuestras calles, la de Vanegas se encontraba descuidada, se inundaba y tenía comercios que arrojaban miasmas, incomodando a los transeúntes, quienes atiborraban al ayuntamiento con sus quejas. Otros reproches respondían al olor que impregnaba en el lugar un fabricante de embutidos.

Vanegas no siguió la misma suerte que la gran mayoría de las calles del Centro Histórico y no mereció ser incluida en el ideal vasconcelista de tener a toda América realmente unida, pues a diferencia de la calle de Relox que se convirtió en República de Argentina o Medinas que se mutó en República de Cuba, nuestra calle simplemente desapareció de la cartografía. En algún momento, alguien consideró que Jesús María merecía más espacio y mató en definitiva al señor Vanegas. 

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