El día y la noche II

Ángel Gilberto Adame

Cabalísticamente 1913 fue el principio del declive para el capitán Gustavo Garmendia. El año comenzó con fuertes rumores de sublevaciones que el régimen sorteaba con dificultades. Con Bernardo Reyes y Félix Díaz en prisión el panorama parecía serenarse. Sin embargo, en los primeros días de febrero otros instigadores, como Manuel Mondragón y Cecilio Ocón se movilizaron para dar al traste con la incipiente presidencia de Francisco I. Madero.

El día 18, el general Aureliano Blanquet mandó a una escolta, al mando del teniente coronel Teodoro Jiménez Riveroll, a Palacio Nacional. La misión era aprehender al presidente. El pelotón logró penetrar las cámaras donde se encontraba Madero, pero no contaba con la presencia ni con la puntería del leal Garmendia. Ante la resistencia de Madero, Riveroll ordenó abrir fuego, cuando estalló el grito de Garmendia: “Nadie toca al señor presidente” junto con un disparo certero que puso fin a la vida de su contrincante. Mientras otros allegados cubrían al mandatario, el capitán Federico Montes imitó las acciones de Garmendia y dio cuenta de otro infidente. Los irruptores al ver caídos a sus jefes, huyeron del salón amedrentados. Con ello, parecía que la conjura fracasaba.

A pesar del ímpetu de esta escena, el desenlace de la Decena Trágica fue desbastador para los maderistas. El presidente fue capturado finalmente por Blanquet y Garmendia fue los pocos que lograron huir. Algunas versiones apuntaron a que se refugió en un estado vecino: “Nuestro informante nos manifestó también que el señor Garmendia desapareció de esta capital […] y que hasta que pudo marcharse sin peligro a Morelos, estuvo escondido en una casa de la colonia Juárez. Cuando consideró que no corría peligro se trasladó a Tacubaya, donde le esperaba un automóvil y de esa población marchó al Ajusco, en donde ya se le perdió la pista”. Se dice que, al llegar a tierras zapatistas, el mismo Centauro del Sur nombró al antiguo militar su jefe de Estado Mayor. Otra versión sostiene que, con la ayuda de algunos ferrocarrileros, logró viajar en tren desde Buenavista hasta Guadalajara. Ambas posibilidades coinciden en que salió de Manzanillo, vestido con harapos, hacia San José del Cabo. Ahí consiguió una identidad falsa y, haciéndose pasar por perlero, llegó a California.

En la capital, su suegro, el general Joaquín Beltrán se sumó al huertismo y a la campaña de desprestigio en su contra. Por otro lado, el 8 de junio, su mujer, María Luisa, junto con su madre y su hija en brazos, abordaron en Veracruz el vapor “Asían” rumbo a Nuevo Orleans y, tras una larga travesía, Garmendia pudo rencontrarse con su familia, aunque de manera fugaz.

Hacia el mes de agosto, su situación empeoró, además de ser acusado del asesinato de Jiménez Riveroll, el nuevo régimen lo acusó del delito de malversación de fondos: “El capitán fue comisionado durante la administración pasada para ocupar el puesto de agente especial de las Secretarías de Guerra y Gobernación, habiéndose entregado dinero en diferentes partidas, por valor de veinte y dos mil pesos de los cuales no ha rendido cuentas”.

Con este nuevo cargo y con la amenaza de la extradición, Garmendia decidió lavar su honor, dejó a su familia en territorio estadounidense y se unió a las fuerzas constitucionalistas sirviendo en el quinto batallón, al mando de su antiguo maestro, Felipe Ángeles. Al despedirse de María Luisa y su pequeña hija, Garmendia ignoraba que sería la última vez que las vería. El sol comenzaba a ocultarse en la vida del militar oaxaqueño para dar paso a la noche.

Feliz término de año y gran inicio del 2022. 

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