El asesino y el infame

Ángel Gilberto Adame

Justo Sierra murió dos veces, la primera de ellas acabó con su juventud y obedeció al fallecimiento de su hermano menor, Santiago: “La tragedia familiar marcaba, en el hombre que él era, el fin de la juventud no es un simple concepto forjado a posteriori. Es efectivamente una idea que estaba en su corazón y en su espíritu”.

En 1880, Santiago Sierra perdió la vida en un duelo en los llanos de Tlalnepantla, cuando una bala atravesó el cráneo del diplomático de apenas 30 años. Justo quedó “sin ilusiones, sin esperanzas” y concluyó una “estación(…) breve y feliz,(…) la edad de la siembra”. El nuevo Justo se dedicaría a cumplir el fin que lo convertiría en el maestro de América: la integración de lo que hoy conocemos como Universidad Nacional, una institución alejada de principios dogmáticos que, si bien cuestionaba el positivismo de la época, mantuvo alejado al conocimiento científico de ideologías o cerrazones.

Ante el trágico fin de su hermano, Justo tuvo que cargar con los reclamos de su madre; lo llegó a llamar Caín, por no haber evitado el lance. Nunca se lo perdonaría. Al paso del tiempo, Justo sólo mencionó el hecho de sangre para dejar constancia que los implicados tampoco tuvieron el viento a su favor: “El 27 de abril del año de 1880 a las nueve de la mañana, fue asesinado en un duelo mi hermano Santiago por el periodista Ireneo Paz. Fueron sus testigos D. Jorge Hammeken, muerto joven, D. Eduardo Garay, muerto joven y, los del contrario, el Dr. Ignacio Martínez, muerto asesinado, el coronel Bonifacio Topete, muerto ya. Presenciaron el lance D. Severino Comis, muerto en vigor de la edad y el Dr. Juan Gorantes, muerto joven. La causa del duelo fue un suelto publicado en el periódico La Libertad por D. Agustín Cuenca, muerto joven y atribuido a mi desdichado hermano por el asesino Paz, sugerido por un infame que se llama D. Manuel Caballero. Según el mismo matador se lo dijo al Dr. Martínez que, el día del lance, me lo refirió”.

Es curioso que los otros participes en el consabido duelo hayan tenido destinos fatales: si Justo expiró metafóricamente aquel día, los demás no tardaron en alcanzar a Santiago. De acuerdo con el código francés del duelo escrito por Louis Alfred Le Blanc de Châteauvillard, y que rigió durante casi todo el siglo XIX, los contrincantes debían tener dos padrinos (para Santiago fueron Hammeken y Garay; para Ireneo, Martínez y Topete) y un testigo (Severino Comis y Juan Gorantes, respectivamente).

Jorge Hammeken, que además fue juez en el enfrentamiento, provenía de una familia de abolengo y fue testigo en la boda de Porfirio Díaz y Carmen Romero Rubio, murió apenas a los 33 años de insuficiencia cardiaca. Eduardo Garay feneció a los 45 años en 1890 y no se convirtió en una promesa como llegaron a pensarlo sus contemporáneos. Severino Comis, el suegro del joven Manuel Sierra Méndez, murió en 1887. El registro de su deceso se efectuó tres días más tarde porque el juez se quedó sin papel especial en la oficina, por lo que mandó una carta con la petición de inscribir el hecho a otro colega.

El médico Ignacio Martínez fue asesinado por sus ideas políticas contra Díaz: “El 3 de febrero de 1891, (…) le avisaron que uno de sus pacientes necesitaba de atención. En su inseparable carrito tirado por un caballo, se dirigió al lugar de la cita. Ahí lo esperaban dos hombres desconocidos, cuando uno de ellos se acercó para conversar con él, el otro le disparó por la espalda”. José Bonifacio Topete murió a los 57 años víctima del tifo, sobre él se leyó en los diarios: “Era un soldado republicano modelo de honra, de patriotismo y de inquebrantable energía”. De Gorantes es poco lo que se sabe, apenas que fue médico psiquiatra.

El poeta Agustín F. Cuenca, auténtico responsable del pleito, murió en la miseria en 1884. Tras su deceso, el periódico donde colaboraba junto con los Sierra no publicó mayor noticia. Con este hecho, Justo se cobraba así una silenciosa venganza por saber que debió ser Cuenca el occiso en los campos y no su hermano.

Ireneo Paz falleció en 1924 y Manuel Caballero en 1926. Tal como puede apreciarse, sólo dos de las personas que Justo enlista en sus recuerdos le sobrevivieron: el asesino y el infame.

 

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