Este 2 de febrero de 2026 recordamos uno de los episodios más graves de la historia nacional: la mutilación territorial que sufrió México tras la guerra con Estados Unidos de 1846 a 1848.

Aquel conflicto culminó con la firma del Tratado Guadalupe Hidalgo, oficialmente llamado tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América, suscrito en lo que hoy es la basílica de Guadalupe; (que de paz no tenía nada).

Un instrumento que pese a su nombre, nació bajo la sombra de la coacción y la derrota y no del consenso ni de la paz verdadera.

México era entonces un Estado joven, frágil, dividido socialmente y con una capacidad militar claramente inferior.

Apenas habían transcurrido cuatro lustros desde la independencia, cuando una potencia expansionista, (E.E.U.U.) impulsada por la doctrina del destino manifiesto, provocó la guerra y nos obligó a ceder más del 55% del territorio nacional.

No fue una negociación entre iguales. Fue un despojo obtenido por la fuerza de las armas.

Pero conviene subrayar algo más: la historia no terminó en 1848.

El tratado original contenía disposiciones fundamentales para proteger a los mexicanos que quedaron del otro lado de la nueva frontera; particularmente, el reconocimiento y respeto de sus propiedades y derechos civiles.

Sin embargo, en marzo de 1848, el Senado estadounidense ratificó el tratado, suprimiendo ese compromiso.

México, debilitado y sin margen real de maniobra, aceptó esas modificaciones a principios de mayo de 1848, cuando nuestro Senado se encontraba sesionando en Querétaro.

A finales de ese mismo mes, se intercambiaron los instrumentos de ratificación entre ambos países y ahí se decretó la pérdida.

Las consecuencias fueron devastadoras. Miles de mexicanos quedaron desprotegidos jurídicamente.

Las promesas de respeto patrimonial se diluyeron en la práctica. Y, como si ello no fuera suficiente, en 1853, mediante el Tratado de la Mesilla, México volvió a ceder —esta vez por “venta”— cerca de 80,000 kilómetros cuadrados adicionales.

La pérdida territorial no fue un hecho aislado, sino un proceso continuo de debilitamiento del Estado mexicano frente a un vecino más fuerte y mejor organizado.

Hoy, a más de siglo y medio de distancia, la amenaza ya no se presenta con ejércitos ni cañones.

Pero sería un error pensar que el riesgo ha desaparecido.

La soberanía en el siglo XXI también se puede perder sin disparar una sola bala.

Actualmente, un país puede ser desplazado, condicionado o sometido por la inacción, por el rezago tecnológico, por la debilidad institucional o por la incapacidad de insertarse en los grandes procesos de transformación global.

La historia de 1848 nos enseña que cuando un Estado no fortalece sus instituciones, otros ocupan ese vacío.

Los riesgos de hoy son claros. La exclusión de un país de los grandes avances en inteligencia artificial, ciencia, tecnología y economía digital, puede volver obsoleta a una nación entera.

No hace falta ocupar territorio, basta con controlar los flujos tecnológicos, los estándares productivos, los modelos de gobernanza y las reglas del comercio global y ejercicio de poder en el mundo. Esa es una nueva forma de invasión: silenciosa, sofisticada y profundamente eficaz.

Si México no moderniza su sistema educativo, si no invierte en ciencia e innovación, si no fortalece el Estado de derecho, ni combate de manera real la inseguridad y la corrupción, da causa para que otros países definan su destino.

Así como en el siglo XIX la debilidad militar abrió la puerta al despojo territorial, hoy la debilidad institucional y tecnológica puede abrir la puerta a la pérdida de soberanía efectiva.

Perder soberanía hoy también significa perder identidad nacional, capacidad de decisión, pensamiento propio y margen de autodeterminación.

Significa aceptar reglas ajenas porque no se participó en su construcción. Significa quedar al margen del progreso del mundo.

Recordar 1848 no es un pensamiento de derrota, ni el que siempre estemos pensando; “Esto no nos volverá a pasar.” Es una advertencia.

Entonces nos arrebataron la tierra con las armas. Hoy podrían arrebatarnos el futuro con el rezago. La lección histórica es real: México no puede volver a perder. Ni territorio, ni soberanía, ni identidad.

La defensa de la nación, en este siglo, pasa por la modernización, la inteligencia artificial, la democracia deliberativa y transformadora acompañada de la acción decidida.

Si no lo entendemos así, la historia —una vez más— puede repetirse, aunque con formas distintas y consecuencias igualmente graves.

abogandoangel84@gmail.com

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