El día que la Tierra se detuvo

Andrew Selee

Contrario a la película de este nombre, no requirió la llegada de extraterrestres a la Tierra para que todo el mundo se parara. Lo ha causado algo mucho más común y corriente: un virus. Gérmenes dando vuelta al mundo, contagiándonos y llevando el miedo y la muerte a todas partes del planeta. Las oficinas cierran, y luego los restaurantes y bares, seguido por los aeropuertos y al final las fábricas y las partes productivas del país. Desde Beijing a Madrid, Milán a Nueva York, Delhi a Bogotá, Seúl a Mexico, empezamos todos a quedarnos en casa, evitando el contacto con extraños y hasta con amigos, y esperando a ver qué pasa.

En un sentido, estamos todos profundamente aislados. Las fronteras están siendo cerradas, los autobuses y los aviones están suspendiendo servicio y nos estamos quedando en el mismo lugar día tras día. El ritmo de contacto externo diario que teníamos se reemplaza con llamadas y videos y conversaciones en familia.

Pero en otro sentido, estamos más conectados que nunca. Todos estamos viviendo esta odisea surrealista juntos. No importa si somos ricos o pobres, hindúes o mexicanos o estadounidenses o italianos, nos puede caer el coronavirus a todos. La edad y la salud influyen en las consecuencias, pero todos nosotros somos potenciales portadores de la muerte para otros, y el respeto al otro requiere que si podemos, nos quedamos fuera de nuestra rutina normal.

Falta ver qué lección aprenderemos de esta experiencia cuando termine esta pandemia.

¿Nos subirá el miedo al “otro” porque el coronavirus fue un enemigo que entró desde el extranjero? Puede ser que aprendamos que el mundo es peligroso y hay que cuidarnos de los foráneos y controlar bien las fronteras para que no nos pase nada nunca.

¿O nos crecerá el sentimiento de solidaridad? He visto decenas de actos generosos de gente tratando de apoyar a otros, muchas veces los otros que son como ellos (vecinos, familiares, compañeros de trabajo), pero a veces también a los “otros” con quienes no siempre conviven, a los inmigrantes, a los pobres, a los trabajadores que surten la comida, traen el correo, recogen la basura y proveen el servicio médico, todo lo que sigue sustentando un poco de normalidad y funcionalidad en un mundo vuelto al revés.

Probablemente no es una exageración postular que la llegada del coronavirus marca un parteaguas en la historia humana reciente, un poco, quizás como lo fue el 11 de septiembre. Muestra una vulnerabilidad humana que todos compartimos, contra un enemigo invisible pero muy real. En eso es más aterrador quizás que extraterrestres en el imaginario de la ciencia ficción o del terrorismo en la vida real. Y es una vulnerabilidad compartida que desconoce nacionalidades y pasaportes y fronteras.

No se si saldremos de esta pandemia con más empatía y sentido de solidaridad de la que teníamos antes o no, pero espero que esta sea la lección que recojamos del sufrimiento actual, y no el inverso. De ser así, la pandemia del coronavirus no sería recordada no solamente como un momento cruel de la historia, sino como el punto de partida para algo nuevo y más creativo para nuestro futuro común.


 

Presidente del Instituto de Políticas Migratorias (MPI)

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