El Super Bowl dejó hace tiempo de ser solo un partido. Es espectáculo, es industria cultural y, sobre todo, es poder. Poder blando, pero poder al fin. Cada año millones se sientan frente a la pantalla no solo para ver fútbol americano, sino para consumir (consciente o inconscientemente) una narrativa sobre lo que significa Estados Unidos: competitividad, espectáculo, exceso, patriotismo y éxito.
Este año, además, el riesgo de hacer críticas políticas desde el escenario estuvo perfectamente medido. Las intervenciones de artistas latinos radicados en Estados Unidos, los guiños ideológicos y los comentarios incómodos no debilitan el evento; lo potencian. Porque al final la polémica amplifica la audiencia. Se alcanzó una de las mayores cifras de espectadores de su historia. Y ahí está la paradoja: incluso la crítica termina funcionando como combustible del sistema que cuestiona.
En México eso se entiende muy bien. Existe una cercanía cultural con Estados Unidos que va más allá de la geografía. Se conocen los equipos, se sigue la temporada, se organizan reuniones para ver el partido. El Super Bowl es un ritual social. Esta vez lo vi en Mérida, Yucatán, una ciudad hermosa, orgullosamente mexicana, con un nacionalismo yucateco palpable y una presencia maya viva en su identidad cotidiana. Y, sin embargo, los restaurantes del centro estaban llenos: estadounidenses residentes o turistas, pero también mexicanos que siguen el deporte con la misma pasión.
Ese contraste es revelador. Porque si uno cruza hacia Sudamérica, el fenómeno cambia drásticamente. En Chile, por ejemplo, el Super Bowl no se entiende, no se comenta, no forma parte de la conversación pública. No es tradición ni evento social. La NFL simplemente no ocupa ese lugar simbólico. Sin embargo, cuando el espectáculo incorpora elementos políticos, cuando artistas latinos aprovechan el escenario para lanzar mensajes, el impacto se multiplica más allá del deporte. Se convierte en conversación global.
Ahí es donde el riesgo está calculado. La crítica política, lejos de debilitar la influencia estadounidense, la expande. Porque el Super Bowl no solo exporta fútbol americano; exporta cultura, lenguaje, estética y narrativa. Incluso quienes lo cuestionan lo hacen desde dentro del mismo escaparate global que Estados Unidos controla con maestría.
Y, paradójicamente, eso termina alineándose con algo que el propio Donald Trump ha defendido en su visión nacionalista: la reafirmación de la centralidad estadounidense. Aunque lo critiquen, aunque lo incomoden, aunque el mensaje artístico parezca opositor, el resultado es el mismo: más audiencia, más conversación, más presencia global.
No abordaré aquí la bidireccionalidad, la expansión de lo latino dentro de la cultura estadounidense, porque esa es la parte más analizada. Lo que me interesa subrayar es lo otro: cómo incluso la disidencia se convierte en vehículo de difusión. Cómo el espectáculo absorbe la crítica y la transforma en marketing estratégico.
Al final, el Super Bowl no es solo un juego. Es una plataforma de proyección global. Y cuando la polémica política eleva la audiencia y amplifica el alcance, el resultado es evidente: en Santiago, Buenos Aires o Montevideo quizá se seguirá sin entender qué es un blitz o cómo se ejecuta un quarterback sneak, pero se habrá consolidado algo mucho más profundo: la implantación de valores, símbolos y narrativas estadounidenses envueltos en una aparente crítica que, en realidad, forma parte de un cálculo táctico de difusión en espacios donde, de otro modo, no penetrarían con la misma intensidad.
Porque el espectáculo no necesita comprensión técnica, necesita atención. Y cuando el balón vuela y el mundo entero mira, el marcador cultural ya está decidido: siempre hay touchdown al soft power.

