La extracción de Nicolás Maduro de Venezuela sorprendió menos por lo que implicó que por la claridad con la que confirmó una tendencia. No fue un acto improvisado ni una reacción coyuntural, sino la ejecución de una estrategia anunciada desde hace tiempo. El regreso de Estados Unidos a América Latina no se dio bajo la bandera de la democracia, sino bajo una lógica de reposicionamiento geopolítico. La llamada Doctrina Donroe (esbozada en discursos, entrevistas y documentos por Donald Trump y reforzada por Marco Rubio) nunca prometió otra cosa.
Durante meses, algunos insistieron en interpretar las señales como el inicio de una cruzada democrática. Creyeron que Washington buscaba corregir autoritarismos, fortalecer instituciones o acompañar transiciones políticas. Esa lectura fue, en el mejor de los casos, ingenua. El cambio democrático en Venezuela podrá ser una consecuencia, pero nunca fue el objetivo. El objetivo ha sido explícito: recuperar influencia en una región que Estados Unidos había descuidado y desplazar a actores que avanzaron sin demasiada resistencia, particularmente China y Rusia.
La operación fue posible porque, en esta etapa, casi nada actúa como freno efectivo. Ni el derecho internacional, ni la Constitución estadounidense, ni el Congreso lograron limitar el margen de acción de Trump. El argumento fue la amenaza que representaba Venezuela, pero ese razonamiento se debilita cuando se observa el resto del mapa regional. Si la prioridad fuera el riesgo, Colombia (principal productor de cocaína) y México (epicentro del tráfico de fentanilo) tendrían un lugar central.
Sin embargo, ahí no hubo extracción ni operación excepcional. En Venezuela sí hubo petróleo, un régimen aislado y una oportunidad estratégica clara. En cambio, Colombia transita la recta final del gobierno de Gustavo Petro, con altas probabilidades de un giro a la derecha, mientras que México, aunque representa una amenaza mucho mayor en términos de drogas, ha sido gestionado mediante presión política y económica, no intervención directa.
Esto no significa que México esté fuera del radar. Por el contrario, debería tener mucho cuidado y hacer el trabajo necesario para capturar a los verdaderos líderes del crimen organizado: los narcopolíticos que Washington ya conoce, documenta y vigila. De no hacerlo, Estados Unidos no solo reforzará su presión, sino que complementará esa narrativa con declaraciones como las de Maduro, que ya apuntan a una región infiltrada por redes criminales protegidas desde el poder.
Este movimiento se inscribe en un contexto más amplio. América Latina vive un nuevo giro hacia la derecha, alimentado tanto por el desgaste de los gobiernos progresistas como por el impulso directo de Trump. No se trata solo de afinidad ideológica, sino de subordinación estratégica. Muchos de esos nuevos liderazgos entienden que su viabilidad política pasa por alinearse con Washington. La actitud de María Corina Machado es ilustrativa: lejos de marcar distancia, ha optado por halagar a Trump, incluso mediante gestos simbólicos como la entrega del Premio Nobel.
La Doctrina Donroe redefine las reglas de la región. América Latina vuelve a ser un espacio de competencia entre potencias, no un conjunto de democracias soberanas. El criterio no es quién gobierna mejor, sino quién garantiza recursos, estabilidad funcional y exclusión de rivales estratégicos.
La extracción de Maduro no inaugura una era: la confirma. Estados Unidos ha vuelto a la región, pero no como garante democrático, sino como actor que reclama territorio político, económico y estratégico. No era Maduro, era América Latina.
Internacionalista. @avzanatta

