En política exterior, pocas cosas resultan tan costosas como la indecisión disfrazada de prudencia. México, sin embargo, parece transitar (con matices) hacia una etapa distinta: una en la que comienza a tomar posiciones con mayor claridad, aunque aún arrastra vacíos estructurales que limitan su alcance.
El respaldo a Michelle Bachelet ilustra uno de esos aciertos. No se trata únicamente de una candidatura, sino de lo que representa: una mujer, progresista, latinoamericana, con una trayectoria internacional sólida y una legitimidad construida desde la experiencia. En un sistema internacional que sigue concentrando poder en los mismos actores, impulsar perfiles de esta naturaleza implica también apostar por una redistribución simbólica —y política— de la voz global.
La decisión mexicana no es aislada. Luiz Inácio Lula da Silva ha acompañado este respaldo, configurando una señal poco común de articulación regional. América Latina, históricamente fragmentada en su política exterior, encuentra en estos gestos una posibilidad de incidencia coordinada. En contraste, la ausencia de apoyo desde Chile responde más a definiciones ideológicas internas que a una lectura estratégica del momento. Pero lo cierto es que, en este tipo de procesos, el peso específico de una candidatura trasciende las fronteras nacionales.
Enfrente se perfila una competencia con respaldo institucional robusto, lo que eleva la relevancia de la contienda. No está en juego únicamente un nombramiento, sino la posibilidad de que América Latina recupere espacios de influencia en organismos multilaterales en un contexto global marcado por tensiones geopolíticas, fragmentación y una evidente crisis de legitimidad democrática.
En paralelo, la proyección de la política exterior también se juega en otros frentes. La reunión de gobiernos progresistas en España refleja la necesidad de reconstruir alianzas en un momento de desgaste democrático y avance de posturas autoritarias. No se trata solo de afinidades ideológicas, sino de generar espacios de coordinación política capaces de incidir en una agenda internacional cada vez más polarizada. En ese mapa, México tiene la oportunidad de posicionarse como un articulador relevante entre América Latina y Europa.
Pero junto a estos aciertoseu, persisten vacíos difíciles de ignorar. La llegada de un canciller joven, como lo es Roberto Velasco, abre una etapa con potencial, pero también con cuestionamientos y desafíos inmediatos: la relación con Donald Trump en los temas de seguridad y migración, la revisión próxima del T-MEC y, sobre todo, el estado del Servicio Exterior Mexicano (SEM).
Este último evidencia una de las principales debilidades de la política exterior: la distancia entre el talento disponible y su aprovechamiento efectivo. El SEM ha sido marcado en años recientes por episodios de desorden, decisiones cuestionables y una gestión que no siempre ha estado a la altura de su propia tradición institucional. Resulta particularmente preocupante que perfiles con amplia experiencia (muchos de ellos con trayectoria en el ámbito financiero y en organismos internacionales) no estén siendo incorporados o utilizados estratégicamente.
México se encuentra, así, en un punto de inflexión. Tiene la posibilidad de consolidar una política exterior con mayor claridad, iniciativa y presencia internacional, pero para ello deberá cerrar las brechas internas que hoy limitan su capacidad de acción.
Entre aciertos y vacíos, el país juega una partida relevante. La diferencia, como suele ocurrir en el tablero global, no está solo en las piezas que se mueven, sino en la coherencia de la estrategia que las articula.

