Ahora y en la hora es el extraordinario libro del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince sobre su visita a Ucrania en 2023. En Kramatorsk, a un costado del frente, Abad y otros colegas comían en la pizzería RIA cuando un misil ruso cayó sobre el lugar. Trece personas murieron y más de 60 resultaron heridas. Ese episodio resume lo que cuatro años de guerra a gran escala le han hecho a Ucrania, han convertido lo cotidiano en ruleta rusa.
En una entrevista para mi podcast Broojula a propósito de un año más de esta guerra le pregunté a Héctor ¿cuánto territorio necesita un país? Su respuesta define la esencia de esta guerra que, en realidad, no se libra por mapas ni fronteras, sino por un modelo de existencia. Para Putin, la mera independencia de Ucrania, la posibilidad de que sus ciudadanos vivan en libertad, en democracia y se puedan expresar sin miedo, es una amenaza. El régimen que Putin encabeza basa su legitimidad en el silencio controlado y la obediencia forzada.
Desde el 24 de febrero de 2022, la invasión a gran escala se convirtió en el mayor conflicto armado en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. El costo humano es innegable incluso en las cifras más conservadoras. Más de 15 mil civiles muertos y más de 41 mil heridos. Y 2025 fue el año más letal para la población civil. Las bajas aumentaron más de 30% frente a 2024. A la par, los ataques sistemáticos contra la infraestructura energética se intensificaron desde fines del año pasado y dejaron, en pleno invierno, interrupciones prolongadas de electricidad, calefacción y agua.
A pesar de los pronósticos más oscuros, las fuerzas rusas han conquistado apenas una fracción del territorio ucraniano, aproximadamente el 20 por ciento, y solo han avanzado marginalmente en el último año. En términos estratégicos, avanzar unos cuantos metros a costa de miles de vidas no constituye una victoria.
Por el contrario Ucrania ya ganó algo fundamental, existencia y reconocimiento global. Justo lo que Putin se empeña en negarles. La defensa de Kyiv, la movilización civil y el reforzamiento de una identidad nacional hacen tambalear cualquier narrativa de inevitabilidad rusa.
En Rusia, sin embargo, la guerra se vive en una burbuja paralela. El Kremlin ha aislado deliberadamente a la sociedad de su costo real. Enfrentamientos, bajas y el desgaste se mantienen fuera de la conversación pública. El reclutamiento recurre a marginados económicos, cuyos muertos quedan lejos de los ojos, mientras el aparato propagandístico pinta una versión de gloria continua. Encuestas recientes señalan que el 61 por ciento de los rusos desea el fin de la guerra mediante negociaciones, aunque solo el 21 por ciento aceptaría concesiones, y el 59 por ciento aprueba la intensificación de los ataques si la paz no se negocia ahora.
Este anhelo de paz sin renuncia de objetivos maximalistas refleja una paradoja tan cruel como reveladora. La mayoría quiere que termine, pero no a costa de admitir que lo que empezó como operación especial que tardaría 3 días en llevarse a cabo, 4 años después es la muestra clara de una política de expansión que fracasó.
Al mismo tiempo, la guerra ha cambiado la vida en Rusia más allá del frente. El país se ha hundido más en el autoritarismo, con censura y represión sistemática de disidentes, mostrando que la supervivencia del régimen es su principal objetivo, más que una victoria militar.
Cuatro años después, la pregunta no es cuánto territorio necesita un país, sino qué significa existir en libertad frente a un emisor de miedo y negación. Ucrania no solo resiste sobre el terreno, ha puesto su existencia, su voz y su verdad, en el centro de la historia contemporánea. Y eso, en las sombras opacas del Kremlin, debe sentirse como derrota.
@AnaPOrdorica

