El lunes pasado los mercados arrancaron preocupados. Donald Trump había dado a Irán 48 horas para reabrir por completo el Estrecho de Ormuz o de lo contrario vendrían ataques a su infraestructura energética. Irán respondió con su propia amenaza de cerrar indefinidamente el Estrecho si estos bombardeos se llevaban a cabo. El mensaje para los inversionistas era claro. Si el conflicto escalaba, venía un nuevo golpe energético, inflacionario y financiero.

Pero a las 7:05 de la mañana, hora del Este, el presidente escribió en Truth Social que Estados Unidos e Irán habían sostenido durante dos días conversaciones muy buenas y productivas y que, por ello, pospondría sus amenazas contra infraestructura iraní. Un solo post bastó para darle la vuelta al mercado. El petróleo se fue para abajo y los activos de riesgo rebotaron. Desde Irán negaron que existieran negociaciones directas.

Lo verdaderamente escandaloso no fue solo el bandazo presidencial. Fue lo que ocurrió apenas 15 minutos antes del mensaje de Trump cuando se llevaron a cabo miles de millones de dólares en transacciones de futuros de petróleo y acciones. Tan solo entre las 6:49 y las 6:50 se vendieron contratos de crudo equivalentes a por lo menos 6 millones de barriles. Operadores en el mercado describieron la secuencia como, por decir lo menos, sospechosa. La Casa Blanca respondió que no tolera que funcionarios se beneficien ilegalmente de información privilegiada y tachó de irresponsables las acusaciones sin pruebas.

El tema es que lo del lunes no fue un episodio aislado. Este tipo de transacciones recuerda los bandazos arancelarios del año pasado, cuando Trump anunció su Día de la Liberación. Lo que estamos viendo es bastante delicado. Washington ha dejado de dejó de ser factor de certidumbre para convertirse en la principal fuente de inestabilidad y de incertidumbre. El problema es que si una frase presidencial puede premiar una posición financiera en segundos, el incentivo para anticipar, filtrar o incluso empujar cierto desenlace es enorme.

Y no se trata solo de Wall Street. En el sitio de apuestas Polymarket se habían apostado cientos de millones de dólares en contratos vinculados al momento de los ataques contra Irán, además de otras fuertes sumas en mercados sobre el futuro del ayatolá Ali Khamenei. Una investigación independiente detectó que seis cuentas obtuvieron ganancias millonarias con apuestas financiadas apenas horas antes de los bombardeos del 28 de febrero. A ello se suman nuevas apuestas sospechosas sobre un posible cese al fuego. No hay prueba pública, hasta ahora, de que quienes apostaron formen parte del gobierno. Pero el patrón ya no parece anécdota, parece un modelo de negocio.

El problema, además, rebasa el posible insider trading. En los mercados regulados, operar o filtrar información material no pública constituye una violación grave. Y en los mercados de predicción, el dilema no es menor cuando las apuestas giran en torno a guerras, bombardeos o crisis internacionales. No estamos frente a una travesura financiera, sino frente a una zona gris donde la especulación empieza a contaminar la toma de decisiones.

Cuando un post presidencial puede mover miles de millones en minutos, ya no solo hay incentivos para adivinar el futuro. Hay incentivos para fabricarlo. Ese es el verdadero escándalo. Algunos actores con acceso al poder pueden estar más interesados en que su apuesta se cobre que en que la decisión pública sea la correcta. Convertir la geopolítica en mesa de dinero quizá sea rentable para unos cuantos. Para el resto, es una forma particularmente obscena de gobierno.

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