Dijo que se iba a retirar. Que no volvería a opinar, que no se metería en la discusión pública, que cerraba el ciclo sin convertirse en una de esas figuras que, aun fuera del cargo, siguen gravitando alrededor del poder. Lo dijo con la claridad suficiente como para que no hubiera ninguna duda. Se acababa el sexenio y, con él, su presencia en la vida pública.

Y, sin embargo, volvió.

No es la primera vez, aunque cada reaparición se da como si fuera excepcional.

Ocurrió con Venezuela, cuando decidió postear en redes y fijar postura tras la captura de Maduro por fuerzas estadounidenses, en un momento en que el gobierno mexicano había optado por la cautela diplomática. Elevó el tono con un mensaje directo a Trump, recurrió a referencias históricas y, fiel a su estilo, dejó claro que en esta ocasión ni siquiera había ánimo para repartir abrazos.

Ahora con Cuba, donde el tono no fue matizado, sino de definición. En ambos casos se repite un patrón, temas del exterior, causas que forman parte de su identidad política y momentos en los que la posición del gobierno de la presidentA Sheinbaum no termina de coincidir con la suya.

La diferencia es que ahora él no es el que está sentado en la silla del águila.

Sus regresos son discretos. No son giras, entrevistas ni conferencias. Bastó un post en redes sociales. Uno solo, con una fórmula que podría volverse predecible, donde dice que está en el retiro “pero” no es indiferente.

La reacción fue inmediata. Parecía un motín. Legisladores, dirigentes, simpatizantes, todos en fila para respaldar la postura, celebrar el llamado, donar a la cuenta bancaria y sumarse a la narrativa. Nadie se lo cuestionó. Se alinearon, como si fuera memoria muscular. Y eso es lo que podría explicar un problema.

Alguien que realmente está retirado tiene todo el derecho de opinar sin alterar el juego. Pero quien conserva influencia política activa no opina, instruye.

Él lo sabe, los suyos lo saben y la actual titular del Ejecutivo lo sabe. Se nota además su permanencia en esos personajes que la presidentA no termina de sacudirse, porque su lealtad no pasa por Palacio Nacional, sino por Palenque.

Y es que además el contraste con la Presidenta no es menor. Mientras ella ha optado, acertadamente, por cierto, por una postura más estructurada y diplomática frente a Estados Unidos, aparece una voz que rompe esa lógica de contención y plantea una posición más descuidada y confrontativa.

Ahí es donde empieza a surgir la lectura incómoda. La posibilidad de que sus regresos no sean solo por convicción ideológica, sino también por desacuerdo. Que el retiro se suspenda no únicamente porque el tema importa, sino porque la forma en que se está manejando no satisface sus expectativas. Como si, ante ciertas decisiones, apareciera la necesidad de recordar cuál era, o cuál debería seguir siendo, la línea.

Lo que se construye, entonces, es una figura peculiar. Un exmandatario, como en su momento hubo otros que también se sintieron eternos, que se declara en retiro, pero que reaparece cuando hay desencanto. Que no gobierna, pero bien que incide.

Esta reserva de poder nos obliga a reflexionar si es que cada vez que surja una decisión que no encaja del todo con su visión transformadora, se va a reactivar su presencia pública, si cada diferencia va a traducirse en un post que reordena a quienes siguen mirando hacia atrás.

Gobernar implica tomar decisiones todos los días, muchas de ellas incómodas, muchas de ellas imperfectas y muchas de ellas distintas a las del pasado. Pero si cada una de esas decisiones detona una corrección desde Palenque, entonces el retiro deja de existir.

Cuando alguien se va a La Chingada, se supone que ya no regresa.

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