Hay semanas en que la política mexicana no necesita filtraciones ni investigaciones profundas para exhibirse. Se delata sola. Basta con abrir una puerta para entender en qué anda el poder mientras el país sigue esperando “avanzar”.
Esta semana, el Senado de la República confirmó que la austeridad es un concepto flexible y que la transformación también incluye retoque, tinte y secado. La polémica no fue que existiera un salón de belleza dentro del recinto legislativo, sino que existiera como existen las cosas incómodas: como un secreto a voces, sin asumirse y sin muchas ganas de explicarse.
La escena fue perfecta y a quien le tocó pasar el “oso” fue a la senadora del Partido Verde, Juanita Guerra, sorprendida mientras se entintaba el cabello. No en un pasillo cualquiera, sino en el piso de los legisladores de Morena. No en un baño improvisado, sino en un espacio acondicionado para ello.
Y el problema no es querer verse bien y presentable, sino lo que simboliza. Que la austeridad republicana que predican cada vez que suben a tribuna a defender sus reformas, se ve rebasada por lo que hacen y esconden, por las marcas que visten, por los relojes suizos que les dan la hora y por las camionetas de importación con las que arriban a la sede legislativa.
Hubo, además, un intento torpe y desesperado de control de daños que terminó por desnudar a un equipo de prensa del Senado ineficaz, improvisado y sin oficio.
En lugar de entender que el escándalo ya estaba ocurriendo, reaccionaron como suelen hacerlo quienes no saben comunicar: tratando de correr a la prensa, cerrando pasillos para impedir el acceso y usando al resguardo parlamentario como herramienta para tapar su propia incompetencia.
Colocaron sellos sin darse cuenta que adentro había una empleada, que estuvo encerrada un par de horas.
Cuando más se necesitaba comunicación, lo único que quedó claro es que el saco les queda grande.
Desde Morena, hubo quienes minimizaron el asunto, quienes lo justificaron y quienes aseguraron no saber absolutamente nada. La ignorancia selectiva volvió a ser una estrategia política.
El argumento estrella fue tan revelador como desafortunado: “ahí están los boleros desde hace décadas”. Y sí, ahí están. A la vista de todos. En zona de paso. Sin puertas cerradas ni discreción. Justamente por eso la comparación resultó demoledora. Porque mientras unos servicios se exhiben, otros se esconden. Y cuando algo se esconde, no es por casualidad.
Se sugirió que la crítica era misógina, que nadie se queja cuando se limpian zapatos masculinos, pero sí cuando las mujeres se peinan. No se trata de quién usa el servicio, sino de por qué existe y bajo qué lógica opera dentro de un poder que presume cercanía con el pueblo.
Pero si acusar de misoginia iba a ser la línea de defensa, el Poder Judicial decidió no quedarse atrás. El video de N+, del ministro presidente Hugo Aguilar, fue la cereza del pastel.
De pie, inmóvil, mientras su directora de Comunicación, itamita, se agachaba para limpiar sus zapatos. No en privado, no fuera de cámara, sino en plena vía pública, antes de un acto oficial.
La explicación llegó rápido. Café y nata. Un accidente. Una ayuda espontánea. Ninguna soberbia, ningún sentimiento de superioridad. Todo perfectamente explicado. Excepto lo esencial: la imagen.
Porque el problema nunca fue que los zapatos estuvieran sucios, fue la escena. El lenguaje corporal. La comodidad con la que el poder se deja servir.
No estamos hablando de delitos ni de desvíos millonarios. Estamos hablando de algo más profundo y peligroso: la normalización del privilegio. La idea de que es normal esconderse para arreglarse dentro del Senado. Que es normal que alguien se agache para limpiar tus zapatos. Que lo anormal es que alguien se indigne.
Entre el salón de belleza y los zapatos lustrados no hay casualidad. Hay una misma lógica: el poder que se mira al espejo y no se incomoda. El poder que se explica a sí mismo por qué merece comodidades como una Dyson, mientras pide sacrificios afuera.
No son chismes menores. Son postales de un régimen que prometió ser distinto.

