¿A dónde vamos a parar? (*)

Amador Narcia

El líder social no ha podido aclarar en semanas por qué su hijo mayor desatiende sus máximas de vida y comportamiento, mismas que él espera de todo el país.

El conflicto que vivimos hoy comenzó el pasado 27 de enero, ¡hace 23 días!

La denuncia periodística fue impactante pero no alcanzamos a apreciar su verdadera dimensión hasta que transcurrieron las semanas.

La insistencia, la terquedad y la emoción del presidente de México para intentar, sin éxito, aclarar el tema han sido devastadoras para él, aunque por momentos ha conseguido desviar el debate del motivo original que es, no hay que olvidarlo, cómo vive su hijo mayor en Houston, lejos de lo que pregona su padre, y las posibles responsabilidades en que habría incurrido.

En su defensa, el presidente ha ido cada vez a más, a más, a más, mostrando una debilidad, una vulnerabilidad que no le conocíamos.

Por momentos luce rebasado, acorralado, al grado de conmoverse, casi hasta las lágrimas (de cocodrilo), con un sentimiento que podría ser de frustración y de tristeza, pero también de furia.

Muestra su enojo diariamente, unos días más que otros. Mala noticia para todos. Si llega a límites de desesperación, podría tomar decisiones que lo acerquen más a la tiranía que a la justicia. A nadie le conviene.

Señalar a periodistas, desde la que se ha convertido en la más alta tribuna del país, de mercenarios y traidores a la patria y exigir que demuestren cuánto les pagan, cómo se ganan la vida, ha sido un exceso que lo puede llevar a cometer otros peores.

Quienes han sido ubicados en esa palestra, realmente un patíbulo, están ahora expuestos al escarnio público y corren el riesgo de agresiones físicas que, de suceder, necesariamente tendrían que responsabilizarlo a él.

El manejo de esta crisis ha sido pésimo.

Todo indica que el presidente ha buscado más el consuelo y la obediencia de los suyos y cercanos que de quienes han demostrado tener talento político. Hay que asumir que la denuncia periodística dio justamente en el blanco. Imaginen la vergüenza de tener que pedir consejo para enfrentar un problema así.

Lo disminuye ante los demás, le resta autoridad moral y le arrebata las banderas de anticorrupción, honestidad, austeridad republicana, justa medianía, ninguna extravagancia, etc., etc., etc.

El líder social teniendo que tragársela pues no ha podido aclarar en semanas por qué su hijo mayor desatiende sus máximas de vida y comportamiento, que él espera de todo el país.

En su infructuoso afán, al Presidente de México no le ha importado conflictuarse con los gobiernos de España, Panamá y ahora, hasta de los Estados Unidos, al que acusó de injerencista.

Y el colmo, en Tijuana se dijo víctima de una campaña de la mafia, al quejarse por enésima vez de un periódico nacional: “ellos se meten con todo, no hay limitaciones, porque es mafia-mafia, y peor que las mafias, porque las mafias tienen ciertas reglas o AL MENOS ANTES SE RESPETABA A LA FAMILIA Y SE IBA SOBRE EL QUE ESTABA METIDO EN LA MAFIA, NO CON LO HIJOS, NO CON LA FAMILIA”.

Citándolo: ¿Ya basta!, ¿no? Pero es inútil. Ayer dijo en Ciudad Juárez:

“Hay amigos, compañeros, que me dicen, ´ya no sigas hablando de lo de los medios. Dale vuelta a la página`. No, no, no, no, no. Es que es un asunto político peligroso. ¿Qué es lo que quisieran?, que la gente llegara a la conclusión de que todos somos iguales. ¿Cuál cambio?

Si los hijos de Andrés Manuel son como los hijos de otros presidentes, igualarnos. No, no somos iguales (…) Si yo fuese corrupto, ya me hubiesen hecho papilla”.

En fin, es como querer reparar con polish un auto chocado, al que se le declara como “pérdida total”.

Monitor republicano

Con esa lógica, como diría el gran Marco Antonio Solís, El Buki:

¿A dónde vamos a parar? (*)

Con esta hiriente y absurda actitud.

Démosle paso a la humildad…
 

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