La incursión de Estados Unidos a Venezuela y la captura del dictador Nicolás Maduro nos recuerdan que, para explicarlas, siempre habrá una razón real y otra formal.
La formal es que la captura del tirano fue un acto de justicia para los venezolanos y el castigo de un delincuente.
La real, es que Trump se apoderó de la mayor riqueza petrolera que hay en el mundo y de paso se sacudió la incómoda y riesgosa cercanía que tenía Venezuela con Rusia y China.
El New York Times publicó el 29 de diciembre pasado un reportaje sobre la trilogía Maduro-Petróleo-Narcotráfico, titulado Cómo el petróleo, las drogas y la inmigración impulsaron la campaña de EE. UU. contra Venezuela.
Señalaba que, desde la primavera, Trump y sus cercanos comenzaron a delinear la estrategia, con la petrolera Chevron en Situation Room. “Esa noche comenzaron a confluir tres objetivos de política distintos: debilitar a Maduro, emplear la fuerza militar contra los cárteles de la droga y asegurar el acceso de empresas estadounidenses a las vastas reservas petroleras de Venezuela. El resultado ha sido una campaña de presión cada vez más militarizada destinada a sacar a Maduro del poder”.
El martes pasado, Trump anunció que “las Autoridades Provisionales de Venezuela entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad”.
Y el jueves, publicó: “Me acaban de informar que Venezuela comprará exclusivamente productos fabricados en Estados Unidos con el dinero que reciba de nuestro nuevo Acuerdo Petrolero”.
Fue una bola cantada, como dirían los iluminados. Crystal clear.
A diferencia de Bush, cuando invadió Irak con el cuento del arsenal nuclear, Trump lo anunció, envió a su flota de guerra y lo ejecutó. Antes del ataque, Trump publicó su Corolario, donde advertía de la nueva versión de la Doctrina Monroe, que aquí mismo comentamos.
Lo que en un principio se hizo parecer como un acto de justicia, derivó en el más crudo pragmatismo, recordándonos que Estados Unidos, como otros países y, también, algunas personas, no tienen amigos, sólo tienen intereses y van por ellos sin pudor alguno.
Frente a esto, la respuesta de México, que ha sido reiteradamente aludido por Trump como un país donde debiera intervenir para corregir garrafales situaciones, ha sido ingenua y agazapada en el tenue escudo del “Masiosare”.
Desde el sábado, la presidentA Sheinbaum fijó postura: "Nosotros defendemos la Doctrina Estrada y lo que representa la política exterior de nuestro país que está establecida en la Constitución que está en contra de las intervenciones y a favor de la solución pacífica de cualquier conflicto. De igual manera, el artículo segundo de la Carta de Naciones Unidas establece claramente que no debe haber intervención militar, sino una solución multilateral dentro del marco de Naciones Unidas. Ese es nuestro posicionamiento. Por eso condenamos esta intervención en Venezuela”.
En ello insistió domingo, lunes, martes y miércoles.
Pese a tanta retórica y frente a los acontecimientos, la respuesta ha resultado patriotera y pírrica.
Sólo podría entenderse que estos mensajes son para la tribuna nacional, pero tras bambalinas, esperamos, estarían en una operación política para evitar que les llegue repentinamente el soplamocos trumpiano.
Parece que no es tiempo de bravatas, sino de reflexión profunda y de ver cómo se acomodan mejor las convicciones obradoristas con la realidad del momento.
De la reacción del expresidente no hay que ocuparse. Fue tan inútil como inoportuna. Incluso, hasta grosera con la actual presidentA, pues ella ha demostrado que no necesita vejigas de buey para nadar.

