A los que somos mayores de 30 años, en la mayoría de los casos, se nos olvida cómo veíamos el futbol de niños y de adolescentes. La salida de Álvaro Fidalgo provocó una discusión innecesaria entre americanistas de distintas generaciones. Para los más jóvenes, se fue un ídolo. Y eso provocó hasta indignación en el sector de mayor edad.

Habrá quien piense que la edad no tiene nada que ver para determinar quién es ídolo de un equipo. Pero, al menos en mi experiencia, tiene una importancia mayúscula. Para quienes fuimos niños en la década de los 80 y adolescentes en los 90, Antonio Carlos Santos, Zague y Cuauhtémoc Blanco son ídolos americanistas, sin lugar a dudas.

Pero cuando esos nombres se le mencionaban a americanistas de épocas anteriores, de inmediato venía un gesto de desaprobación. Y esa mueca estaba acompañada de dos nombres (casi siempre): José Alves El Lobo Solitario y Carlos Reinoso. Nombres conocidos para nosotros los niños, pero que no significaban nada, más allá de saber que fueron glorias pasadas del equipo. Uno, el máximo goleador extranjero de la institución; el otro, el mejor futbolista en la historia del club.

Pero, ni sabiendo eso, sus nombres generaban fervor alguno (respeto sí), entre nosotros. Y el motivo es muy sencillo: No los vimos jugar. Y habrá quien se pregunte: ¿Si los mayores vieron jugar a esos dos y a los “nuevos ídolos”, por qué no los sienten como tal? La respuesta es sencilla. Las cosas, ni se ven ni se viven igual a los 12 años que a los 24.

Fidalgo jugó cinco años en el América, cosa no muy común en estos tiempos. Además, ganó tres Ligas. Pero ganar no siempre es necesario en estos menesteres, Cuauhtémoc apenas ganó una Liga y es EL ídolo de millones.

Más de una vez, me tocó ver cómo Fidalgo se acercaba a la tribuna a firmar camisetas. Pero mientras caminaba a la grada, sin falta, iba diciendo que no con el dedo. Con ese gesto, le decía a la gente que no lanzara sus playeras, porque le parecía una ofensa que cayeran al piso. Él se aproximaba, tomaba el uniforme de mano en mano para autografiarlo. Cuando alguno la lanzaba, la levantaba y regañaba al infractor, explicándole que la camiseta del América merece el máximo respeto. Ídolo o no, se despidió un americanista verdadero.

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