Hasta que entendí

Álvaro López Sordo

Julio César Domínguez es la imagen gráfica perfecta de lo que significa ganar y de la satisfacción que da poder decir: misión cumplida

La mandíbula no le dejó de temblar ni un instante. Tenía los ojos inyectados de sangre y, para mi sorpresa, con la cantidad justa de agua para que ninguna lágrima iniciara su recorrido por las mejillas, mientras la cámara de Mauricio González —el querido Guarro— lo enfocaba. Habían pasado 30 o 45 minutos desde que Fernando Hernández pitó el final del partido, pero él aún no podía recomponerse.

Fue hasta ese momento en que caí en cuenta de lo que estaba viviendo. No es común ver a un futbolista  de 33 años de edad, y curtido como pocos, al borde del llanto, como un niño. Y, si a eso le sumamos que su rol en la cancha lo hace parecer un tipo duro, obligado a imponer su ley pase lo que pase (y sea como sea, a veces), pues menos. Pero ahí estaba, lleno de esa alegría que provoca ganas de llorar.

Julio César Domínguez estaba quebrado (en el buen sentido) sobre el césped del Estadio Azteca. El férreo central cementero por fin pudo terminar con 15 años de frustraciones acumuladas. Quince años, y cinco finales después, por fin pudo saber cuánto pesa el trofeo de campeón de la Liga MX. Y, de pronto, ese defensor central parecía un niño desconsolado. Insisto, no es común ver a alguien con las emociones tan a flor de piel.

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Más allá de saber, de antemano, que la coronación celeste significaba un hecho histórico en materia deportiva nacional, me cayó el 20 de lo que esto significa para los protagonistas, tras platicar con el Cata Domínguez. El cliché indica que un defensa central debe tener cara de malo, ser áspero y casi casi hasta oler mal para ahuyentar a los delanteros rivales.

Domínguez, tras el silbatazo final, dejó de ser ese defensa central que —sin ser un portento físico— lleva 15 años desparramando sudor y rivales en las canchas de la Primera División Nacional. Domínguez se despojó de la coraza, formada tras 15 años de tragar mierda (como bien me lo dijo), y mostró la fragilidad de un ser humano ante el éxito consumado.

Toda una vida de esfuerzo, sinsabores, dolores, lesiones, insultos, ausencias en momentos familiares importantes, valen la pena por ese mínimo instante en que tocan el trofeo. Desde afuera, difícilmente entenderemos lo que significa para un deportista alcanzar el objetivo máximo, pero creo que Julio César Domínguez es la imagen gráfica perfecta de lo que significa ganar y de la satisfacción que da poder decir: misión cumplida.

Hoy no hay adendum. Knut está desaparecido. No se sabe nada de él desde el domingo en la noche.

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