Diego Lainez no asistirá a la Copa del Mundo. O, al menos, eso parece por su ausencia en esta convocatoria de Javier Aguirre. A cuatro meses de que inicie el Mundial, es muy mala señal que —mientras vive su mejor momento— no haya sido considerado para este ensayo contra Islandia.

Pero, por supuesto, también se puede mirar a la situación desde otra óptica.

Hay quienes consideran que Javier Aguirre no lo llamó porque ya tiene su boleto al Campeonato del Mundo asegurado.

En caso de ser así, me parecería totalmente absurdo desperdiciar otra posibilidad de que un futbolista absorba las ideas de su entrenador y —evidentemente— de verlo desempeñarse en el sistema de juego que se utilizará el próximo verano. Por eso no creo la versión optimista.

En el caso de Lainez, estamos hablando de un posible suplente; es decir que tampoco es que la patria futbolera se va a desgarrar las vestiduras si no es llevado al Mundial.

Pero es un jugador que cumple a la perfección con aquello que exige Javier Aguirre: estar al 100% y con actividad constante. Suena a poco, pero —hoy— en esa posición, no sobran elementos que cumplan con ambas características y que, encima, atraviesen un momento tan bueno como el de Diego (tampoco vuela, pero anda bien).

Al final, sólo Javier Aguirre sabe el porqué y, seguramente, no hablará abiertamente del tema. Quizá, simplemente Lainez sea un jugador que no le llena el ojo.

Cada entrenador tiene sus ideas y sus peculiaridades. Con Javier Aguirre, hay dos casos que llaman la atención: Julián Quiñones, con todo y su gran momento, parece estar descartado por jugar en Arabia Saudita.

Obed Vargas estaba condenado por jugar en la MLS. Pero, al pasar al Atlético de Madrid, en automático, aumentó sus bonos para subirse al Mundial, sin haber hecho algo en España.

La realidad es que en México no sobra talento. Hoy, prescindir de futbolistas, se llamen como se llamen, con buen presente, parece una picardía. ”Éramos muchos y parió la abuela”, ese dicho pinta a la perfección la situación del balompié nacional.

Penosamente, el futuro inmediato no parece prometedor. Ni Lainez, Quiñones, Vargas o hasta Santiago Giménez tienen el nivel suficiente como para cambiar la ecuación del combinado nacional en el próximo Mundial.

Lo llamativo es que, en una época de vacas tan flacas, haya jugadores que el entorno pide a gritos y en el seno de la Selección no son considerados.

Es verdad que los entrenadores ven cosas que nos exceden a los externos. Pero, en el desierto en que se ha convertido la Selección Nacional, parece muy fácil distinguir un vaso de agua.

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