Asumí el encargo del presidente Andrés Manuel López Obrador para encabezar la Secretaría de Relaciones Exteriores en esta desafiante etapa, el mayor honor de mi trayectoria. Entre las múltiples herramientas con las que México ha labrado su presencia singular en el mundo y los rasgos propios de su proyecto nacional, la política exterior, dos veces centenaria, ha sido una de las más trascendentes.

La nuestra es una cancillería forjada con el talento de generaciones de mujeres y hombres extraordinarios, que han empeñado sus talentos en la defensa de los intereses de México, en la afirmación de nuestra soberanía, la búsqueda de la paz y la construcción de puentes de cooperación constructiva con las naciones del mundo.

La huella de nuestra diplomacia es fecunda. Allí emergió, bajo la guía de la inteligencia de Alfonso García Robles, el acuerdo que ha preservado por casi seis décadas a América Latina y el Caribe libre del riesgo del uso bélico de la energía nuclear.

De nuestra Cancillería surgió también el impulso para constituir el Grupo Contadora y sentar los cimientos para la construcción de horizontes de paz para un istmo centroamericano desgarrado por brutales guerras civiles. Esa experiencia se proyectó en el Grupo de Río, desde donde brotaron las semillas de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac).

Esta es una oportunidad para refrendar la convicción de que la diplomacia es el único camino para la paz, mantener el orden y equilibrios internacionales y para reducir las brechas entre las naciones. Estoy convencida de que la igualdad debe ser el motor del desarrollo regional y la única estrategia para cerrar las brechas estructurales que se han profundizado en todas las regiones de nuestro planeta.

Solamente el diálogo y la cooperación permitirán superar desafíos como la pospandemia, la recesión económica global, la explosiva crisis inflacionaria, el conflicto entre Rusia y Ucrania, el cambio climático, la mayor crisis migratoria de nuestros tiempos, el desencanto de las democracias y el respeto irrestricto a los derechos humanos.

Nuestro país está estrechamente ligado a Estados Unidos y Canadá. Con nuestros vecinos del norte nos vinculan el comercio y un intenso y constante diálogo en diversidad de temas, pero nos une un entramado riquísimo de relaciones familiares y sociales.

Tenemos una innegable pertenencia cultural y futuro compartido con nuestros hermanos de América Latina y el Caribe. Pero más importante aún, México ha asumido el compromiso de no darle la espalda nunca más y seguir mirando al Sur con mayor ahínco, lo que implica consolidarnos como una fuerza propositiva, integradora y participativa en los asuntos de la región, aprovechando nuestra membresía en el G20.

Con Europa sumamos esfuerzos para contribuir al desarrollo y a las mejores causas de la humanidad. Tenemos que seguir abriendo espacios y diversificar relaciones con otras zonas geográficas como Asia, Medio Oriente y África. Retomemos, impulsemos y profundicemos los acuerdos internacionales como el Pacto de Marrakech y el Acuerdo de París, entre otros. El tiempo apremia y la oportunidad histórica se pierde cuando no se actúa.

Y también está la otra cara de la política exterior. La exitosa inserción internacional de México sólo tendrá valor si conlleva beneficios para nuestra gente. La política exterior debe ser una palanca de desarrollo y estar al servicio de nuestras y nuestros connacionales, cercana a la gente y que defienda los intereses de México y de los mexicanos.

Una política exterior orgullosamente feminista, a la altura de nuestros tiempos, que reconozca como una de sus brújulas esenciales la defensa de los derechos de las mujeres, adolescentes y niñas, pilares básicos en la construcción de sociedades justas e igualitarias.

La vocación histórica de la diplomacia mexicana nos obliga a potenciar el trabajo de proteger a las y los connacionales que viven en el extranjero. Especialmente en los próximos meses, cuando el proceso electoral en Estados Unidos avivará las llamas de la xenofobia y el racismo. Hoy se prioriza la cooperación para abordar las causas de la migración en El Salvador, Guatemala y Honduras con un enfoque de seguridad humana y desarrollo.

Atenta a la ratificación que es facultad de nuestro Senado, asumo con convicción y determinación el compromiso mayor de representar a México en el ámbito internacional. Pero no lo hago sola, lo hago bajo la conducción del presidente López-Obrador, de la mano del Servicio Exterior Mexicano, respaldados en la capacidad de hombres y mujeres con trayectorias diversas que suman sus esfuerzos a nuestras tareas, y por supuesto concertando con los representantes de todas las ramas de nuestro Estado.

Traer lo mejor del mundo y llevar lo mejor de nosotros es la clave para que México despliegue su gran potencial en el escenario global. El desafío que enfrentamos es enorme. Pero mayor es el potencial del impacto positivo que podemos lograr.

Secretaria de Relaciones Exteriores

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