El fraude operado desde el gobierno en la elección presidencial de 1988, en el que jugó un papel protagónico Manuel Bartlett, mostró el rostro deforme del sistema político; a partir de entonces ya resultó intolerable un sistema electoral sin credibilidad manejado desde la Secretaría de Gobernación.
En aquellas elecciones, un improvisado Frente Democrático Nacional (FDN) postuló como su candidato al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, quien catalizó el hartazgo de las mayorías con un sistema agotado y el repudio al control gubernamental de las elecciones.
El fraude de 1988 preparó el camino para las profundas transformaciones al sistema electoral que se concretaron a mediados de la siguiente década: un Instituto Federal Electoral (IFE) ciudadanizado, la credencial con fotografía, el patrón electoral, la lista nominal y la participación de los ciudadanos durante la jornada, condiciones que hicieron más costoso al proceso, pero que lo dotaron de credibilidad.
Con estas instituciones hemos conocido la alternancia del PRI al PAN en el año 2000, del PAN al PRI en 2012 y del PRI a Morena en 2018. Pero hoy, quienes se sirvieron del nuevo marco jurídico y de las instituciones democráticas para llegar al poder, trabajan para destruirlas porque todo se vale cuando de retener el poder se trata, un poder que les sirve hoy para gobernar en solitario porque cierran los oídos a las críticas y cierran los ojos ante la realidad. Traicionan su trayectoria y su discurso de los años en que eran minoría. Se convirtieron en lo que tanto criticaban.
En la obsesión por acumular todo el poder posible, el obradorato no conoce límites: como lo haría un régimen policiaco, ha utilizado todos los instrumentos del Estado para intimidar y disciplinar a los disonantes: la Fiscalía General de la República (FGR), la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF), el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), el Sistema de Administración Tributaria (SAT) y los sistemas de inteligencia militar. Las víctimas de ayer son los victimarios de hoy.
En 2018, el Partido Verde (PVEM), el del Trabajo (PT) y los evangélicos fueron recibidos con los brazos abiertos por Morena. Nada importó el desprestigio acumulado por esos negocios disfrazados de partidos, los convirtió en aliados, pero ahora le crecieron los enanos: son esas mismas formaciones políticas las que están frenando la iniciativa de la presidenta Sheinbaum; los dueños del PT y del PVEM dicen que no acompañarán una reforma electoral que reduzca pluris y recursos y nos regrese a los tiempos del partido de Estado.
Pero tienen la cola muy larga y el gobierno ya les advirtió: voto o bote. Si no ceden los de arriba que ven en riesgo su supervivencia, se usarán todos los instrumentos disponibles para doblar a los legisladores rejegos, uno por uno. Al tiempo.

