Como réplica de lo ocurrido en 1990 en Panamá, en la madrugada del 3 de enero el gobierno de Estados Unidos realizó un ataque fulminante sobre Caracas para secuestrar a Nicolás Maduro y a su esposa.

Trump mostró la faceta más descarnada del poder. Las acusaciones contra Maduro por narcoterrorismo y corrupción fueron solo la fachada, la médula de todo esto no fue la restauración de la democracia —palabra ausente en el vocabulario trumpista—, ni siquiera el control del petróleo del país con las mayores reservas del mundo (Exxon y Chevron están de regreso) sino que se trató, como apunta Carolina Restrepo, de una decisión geoestratégica: de la reacción en las más altas esferas del gobierno de Trump a partir del momento en que el Pentágono (y sus órganos de inteligencia, agrego) concluyeron que “una amenaza había cruzado el umbral de riesgo tolerable”.

La creciente presencia de Rusia e Irán en el subcontinente y, particularmente, de China, tienen como uno de sus puntos críticos a Venezuela. El control de China de minerales esenciales para la fabricación de teléfonos inteligentes, imanes y componentes de sistemas de defensa (tantalio, cobalto, tierras raras), la instalación de fábricas de drones militares por parte de Irán y la presencia de asesores militares rusos y sus sistemas antiaéreos encendieron las alertas de los órganos de inteligencia. La lectura fue determinante: la alineación de Venezuela con sus enemigos y adversarios la había llevado a constituir “una plataforma hostil” a menos de 2 mil kilómetros del Comando Sur, afirma Restrepo.

Por ahora en Venezuela casi todo permanece igual. Maduro enfrenta la cárcel pero el chavismo permanece intocado, desorden en las calles pero la misma clase política aunque ahora domesticada. De la alegría inicial de los opositores al desconcierto y el aturdimiento.

La decisión del gobierno norteamericano de trabajar con Delcy Rodríguez significa reconocer a un gobierno espurio, pero el cinismo de Trump es brutal: “trabajaremos con Delcy en la medida que haga lo que Estados Unidos le ordene”.

La decisión de Trump tiene una secuela muy grave: descompone aún más la geopolítica planetaria: le da luz verde a Rusia y China para invadir naciones (lo que ya hizo Putin en Ucrania, pero está Taiwán), cambiar gobiernos y apropiarse de sus territorios y recursos.

Pero algo perturba: ¿cómo traducir las palabras de Trump: “tenemos que hacer algo con México”? Dado que la segunda prioridad del gobierno norteamericano es acelerar la caída del régimen castrista, no puede descartarse el enojo de saber que según el Financial Times, México es el mayor proveedor de la isla, por encima de Venezuela.

La presidenta Sheinbaum y su gabinete de seguridad tienen que considerar más seriamente las advertencias de Trump sobre la poderosa presencia de los cárteles mexicanos y su cercanía con la dictadura cubana.

Lo que está en curso no es la restauración de la democracia sino la imposición de un protectorado. Y algo que no puede ignorarse: México está en la mira.

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